sábado, 31 de enero de 2026

Cuando se va la luz: cuentos que ayudan a los niños con sus miedos y sus rabias

 

Sobre esta entrada. Adapta un texto traducido de la escuela polaca de cuentos terapéuticos (bajkoterapia), sin autoría consignada, que explica cómo ayudan los cuentos con las emociones difíciles. El cuento del cangrejito, la sesión y las conexiones con Riohacha son propuesta de Cura-Kuens.

En Riohacha todos sabemos lo que pasa cuando se va la luz. El ventilador se detiene, el calor se queda quieto y la casa se pone oscura de golpe. Los grandes buscan la vela o la linterna del celular. Y algunos niños se quedan muy quietos, con el corazón acelerado, mirando las sombras que parecen moverse en la pared.

El miedo a la oscuridad es uno de los más comunes entre los cuatro y los seis años. No es una maña ni una exageración: es parte de crecer. Lo mismo pasa con otras emociones fuertes, como la rabia, los celos o la tristeza. Los cuentos terapéuticos son una forma de acompañar al niño en esos momentos sin señalarlo, sin regañarlo y sin hacerlo sentir culpable.

Tres tipos de cuentos que ayudan

La escuela polaca, con la psicóloga Maria Molicka, distingue tres clases de cuentos terapéuticos. Cada uno sirve para algo distinto:

Tipo

Para qué sirve

Cómo es

Un ejemplo en Riohacha

De relajación

Bajar la tensión, calmar, ayudar a descansar

Imágenes bellas de la naturaleza, un clima cálido, poca acción, muchos sentidos

Un niño que se acuesta en la arena tibia de la playa al atardecer y escucha cómo el mar respira despacio

Psicoeducativo

Mostrar que otros viven el mismo problema y enseñar formas de salir adelante

Un protagonista parecido al niño que busca soluciones paso a paso

Un alcatraz joven que no se atreve a lanzarse al agua y aprende mirando a los pescadores del muelle

Psicoterapéutico

Acompañar las emociones difíciles y devolver la sensación de seguridad

Una historia más larga que nombra los sentimientos y muestra que no quitan el cariño

Una iguana que se pone furiosa cuando llega un hermanito al nido y descubre que su mamá la sigue queriendo

El texto original recuerda algo importante: hasta los seis años, más o menos, el pensamiento mágico es natural en los niños. Por eso aceptan sin problema que un cangrejo hable o que una ceiba guarde secretos. En esa mezcla de realidad y fantasía se sienten en casa.

¿Por qué funcionan?

1. Porque miran el problema desde lejos

El cuento no habla del niño: habla de un cangrejo, de una iguana, de otra niña. Esa distancia es su fuerza. Como nadie le está preguntando directamente por lo que le pasa, el niño puede escuchar tranquilo, sin la vergüenza ni el miedo que siente cuando un adulto le pregunta «¿y tú por qué te pones así?». Los símbolos y las metáforas le permiten mirar lo difícil sin que se sienta como una amenaza.

2. Porque enseñan que no estamos solos

Al escuchar el cuento, el niño descubre que a otros también les pasa: que otros tienen miedo de quedarse en el jardín, que a otros los dejan por fuera del juego, que otros temen a la oscuridad. Saberlo alivia. El niño deja de esconderse en la vergüenza y empieza a recuperar la confianza en sí mismo.

3. Porque dicen que sentir no es malo

Este es quizá el punto más valioso del texto. Muchos niños creen que son «malos» porque sienten rabia o celos. Y esa culpa los deja atascados: si «yo no soy bueno», ¿cómo voy a cambiar?

El cuento puede mostrar que cada emoción tiene una función. La rabia, por ejemplo, que tantas veces se regaña, sirve para defenderse:

  • cuando un niño más grande le quita la cometa en la playa;
  • cuando se burlan de él en el recreo;
  • cuando alguien no respeta su turno o sus cosas.

Lo que se enseña no es a dejar de sentir, sino a separar la emoción de lo que hacemos con ella. Sentir rabia está bien; pegar no. Y el cuento le deja al niño un mensaje que necesita oír: sentir esto no te quita el cariño de mamá, de papá o de la abuela.

4. Porque el niño encuentra su propia salida

Los héroes de estos cuentos resuelven el problema por sí mismos. Pedir ayuda a un adulto también cuenta como resolverlo. El niño que escucha a veces toma la idea del cuento tal cual, pero casi siempre la transforma y la ajusta a lo que necesita. Así no siente que la solución le viene impuesta: la descubrió él.

Un cuento para la noche sin luz

Cuento psicoeducativo de Cura-Kuens para niños de 4 a 7 años. Tiempo de lectura: unos 6 minutos.

El cangrejito que le tenía miedo a la noche

En la playa de Riohacha, cerca del muelle, vivía un cangrejito de patas amarillas llamado Pinzote. De día era el más valiente de la arena: corría de lado más rápido que nadie, se escondía en su hueco cuando pasaban los perros y salía otra vez con las pinzas en alto, como diciendo «¡aquí estoy yo!».

Pero cuando se apagaban las luces del malecón, Pinzote se metía en su hueco y no quería salir. La oscuridad le parecía enorme. Las olas sonaban más fuerte. Y las sombras de las palmeras se movían como si tuvieran brazos.

—No es que yo tenga miedo —les decía a sus primos—. Es que… tengo sueño temprano.

Pero no era sueño. Era miedo. Y a Pinzote le daba vergüenza decirlo, porque pensaba que un cangrejo de pinzas tan grandes no debía asustarse.

Una noche, el viento sopló tan fuerte que todas las luces del malecón se apagaron de golpe. Pinzote se quedó temblando dentro de su hueco, con el corazón haciendo tuc-tuc-tuc.

Entonces oyó una voz lenta y tranquila:

—¿Quién está temblando tanto que hace temblar la arena?

Era la abuela Carey, una tortuga vieja que volvía cada año a esa playa.

—Soy yo —dijo Pinzote, bajito—. Es que… la oscuridad me da miedo. Pero no le digas a nadie.

La abuela Carey se acomodó en la arena, despacito, como hacen las tortugas.

—Yo también le tuve miedo a la noche cuando era pequeña —le dijo—. Y te voy a contar un secreto: el miedo no es malo. El miedo es como un guardián que te cuida. Solo que a veces se pone demasiado nervioso.

—¿Y cómo se calma un guardián nervioso? —preguntó Pinzote.

—Enseñándole lo que hay en la noche. Asoma solo los ojos. Mira hacia arriba.

Pinzote asomó los ojitos, que en los cangrejos son como dos palitos con bolitas. Y vio el cielo lleno de estrellas, muchísimas más de las que se veían cuando las luces del malecón estaban prendidas.

—Ahora escucha —dijo la abuela.

Pinzote escuchó. Las olas ya no sonaban como un monstruo, sino como alguien que respira despacio. Shhh… aaah… shhh… aaah.

—Y ahora siente.

Pinzote sintió la arena todavía tibia del sol de la tarde y la brisa que le acariciaba las pinzas.

—La noche no se lleva las cosas —dijo la abuela Carey—. Solo las tapa con una manta oscura. Las palmeras siguen ahí. El mar sigue ahí. Tus primos siguen ahí. Y tú también.

Pinzote respiró hondo, al ritmo de las olas. El tuc-tuc-tuc de su corazón se fue poniendo más lento.

—Abuela —dijo—, ¿y si mañana me vuelve a dar miedo?

—Entonces haces lo mismo: miras, escuchas, sientes. Y si el guardián sigue nervioso, me llamas. O llamas a tu mamá. Pedir compañía también es de valientes.

A la noche siguiente, cuando se apagaron las luces, Pinzote no se escondió. Bueno, se escondió un poquito, solo hasta la mitad. Asomó los ojos, miró las estrellas, escuchó el mar y sintió la arena tibia. Y luego llamó a sus primos:

—¡Vengan! ¡Les voy a enseñar un secreto de la noche!

Y desde entonces, en esa playa de Riohacha, los cangrejitos tienen una costumbre: cuando se va la luz, salen a contar estrellas.

Sesión en la Biblioteca Comuna 10: «Cuando se va la luz»

Para niños de 4 a 7 años · 1 hora · de 8 a 12 participantes, con sus familias si es posible

Materiales: la mochila de los talleres, el ovillo de Wale'kerü, una tela oscura grande, linternas pequeñas o velas LED, estrellas de papel, un caracol de mar, hojas negras y tiza o colores claros.

  1. Abrir la mochila (5 min). En círculo, cada niño dice su nombre y algo que se oye en su casa cuando se va la luz: el perro, la vecina, el mar, el silencio.
  2. Urdir (5 min). Conversamos sin presionar: «¿Qué hacemos en la casa cuando se va la luz?». Nadie tiene que decir si tiene miedo.
  3. El cuento (8 min). Se baja la luz del salón y se cuenta El cangrejito que le tenía miedo a la noche, con el caracol en la mano para que suene el mar.
  4. Pasar la trama (7 min). Pasando el ovillo, cada niño dice qué parte le gustó o qué sintió Pinzote. Hablamos del personaje, no del niño.
  5. Tejer: el juego de Pinzote (15 min). Con la tela oscura sobre las cabezas, como una noche, practicamos los tres secretos de la abuela Carey: mirar (las estrellas de papel iluminadas con linterna), escuchar (el caracol y la respiración de las olas: shhh… aaah…) y sentir (las manos sobre la barriga, respirando despacio).
  6. El cuento propio (15 min). En hojas negras, cada niño dibuja con tiza lo que hay en su noche: las estrellas, su casa, su familia, su guardián.
  7. Cerrar la mochila (5 min). Cada uno se lleva una estrella de papel para pegar cerca de su cama.

Cómo se ve la triada en esta sesión

Dimensión

Dónde aparece

Aprender escuchando (la urdimbre)

El cuento, la voz de la abuela Carey, el sonido del caracol, lo que se oye en casa cuando se va la luz

Aprender sintiendo (la trama)

Nombrar el miedo sin vergüenza, entender que el miedo es un guardián, la respiración tranquila

Aprender haciendo (la mochila)

El juego bajo la tela, las linternas, el dibujo en hoja negra, la estrella para la casa

Cinco consejos para las familias

  • Acerquémonos a su mundo. Miremos la situación con ojos de niño, sin explicaciones de adulto («eso no da miedo», «ya estás grande»).
  • Leamos juntos y dibujemos después. Muchas veces, mientras dibuja, el niño empieza a hablar solo de lo que le pasa.
  • Miremos su cara mientras escucha. Si está atento, si se ríe, si pide que repitamos, el cuento está llegando. Si se aburre o se aleja, quizá no es el cuento que necesita ahora.
  • Repitamos cuando lo pida. Los cuentos que el niño quiere oír una y otra vez son los que más le están sirviendo.
  • No reemplacemos la compañía. El cuento no sustituye el abrazo ni la conversación. Si el miedo no lo deja dormir durante semanas, consultemos con un profesional.

Para cerrar

Un cuento terapéutico es como un espejo amable: le muestra al niño sus propios sentimientos, pero desde lejos y con cariño. Le dice que no está solo, que sentir no es malo y que siempre hay una salida. Y cuando lo contamos en la hamaca, en la mecedora o a la luz de una vela en una noche sin luz, también le decimos algo más: aquí estoy contigo.

¿Qué hacen en tu casa cuando se va la luz? Cuéntamelo en los comentarios. Si quieres el cuento de Pinzote para leerlo con tus hijos o tus estudiantes, escríbeme.

Referencias

  • Molicka, Maria. Bajki terapeutyczne [Cuentos terapéuticos]. Poznań: Media Rodzina, 1999.
  • Molicka, Maria. Bajkoterapia: o lękach dzieci i nowej metodzie terapii [Bajkoterapia: sobre los miedos de los niños y un nuevo método de terapia]. Poznań: Media Rodzina, 2002.
  • Texto de origen: artículo polaco sobre cuentos terapéuticos, recibido en traducción, sin autoría consignada.
  • Celedón, Ella / Cura-Kuens. El cangrejito que le tenía miedo a la noche (cuento original).

 

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