viernes, 28 de febrero de 2025

Sana que sana: la palabra que consuela, y lo que significa curar con cuentos

 


 Sobre esta entrada. Comenta, sin reproducirlo, el resumen traducido del libro Terapia Nefesh: sistema bíblico de sanación, de Dmitri Shchedrovitski (3.ª ed., Moscú: Terevinf). La reflexión sobre qué significa «curar» en Cura-Kuens, las tradiciones de La Guajira y la sesión son propuesta de Cura-Kuens. Esta entrada no da consejos médicos.

«Sana que sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana.»

¿Cuántas veces escuchamos esa frase de niños, con la rodilla raspada y los ojos llenos de lágrimas? La frase no cerraba la herida. Pero algo pasaba: la mano de la abuela o de la mamá sobre la rodilla, su voz cantadita, la risa que nos daba la colita de rana. El dolor no se iba del todo, pero ya no estábamos solos con él.

Esa es, en pequeño, la pregunta de esta entrada: ¿puede una palabra sanar?

Qué dice el libro

El texto que recibí es el resumen de un libro ruso que presenta la terapia nefesh. Nefesh es una palabra hebrea que significa «alma». El autor reúne relatos de la Biblia en los que la sanación del cuerpo aparece unida a la oración, la palabra y el cuidado del alma: profetas que oran por un enfermo, un pueblo que recibe agua dulce, una persona que se lava siete veces en un río.

El libro abre con una idea que se atribuye a Sócrates. En el diálogo Cármides, de Platón, Sócrates dice que no se debe intentar curar el cuerpo sin cuidar también el alma. Y cita a Filón de Alejandría, que hace dos mil años describía a unos sanadores que no solo atendían cuerpos, sino también almas heridas por el miedo, el dolor y la tristeza.

Hay en el texto una idea muy bella que me gustaría rescatar. Comentando una carta del apóstol Santiago («¿Está alguno triste? Que ore. ¿Está alguno alegre? Que cante»), el autor recuerda que en la tradición antigua los salmos se cantaban en la alegría y se leían en voz baja en el sufrimiento. Es decir, la palabra cambia de voz según lo que vive el alma.

Lo que no tomamos

El libro hace afirmaciones que en Cura-Kuens no compartimos y que no conviene repetir en un blog que leen familias, maestras y niños:

  • Que la mayoría de las enfermedades del cuerpo nacen de «fallas» del alma. No hay pruebas de eso, y es una idea que puede hacer mucho daño: una persona enferma, o la familia de un niño enfermo, puede terminar sintiéndose culpable de su enfermedad.
  • Que se puedan curar enfermedades con recetas de plantas que el libro adapta a lo que se consigue en la farmacia. Las plantas tienen efectos reales en el cuerpo, y por eso mismo cualquier tratamiento tiene que decidirlo un médico.
  • Que una sola tradición religiosa tenga la última palabra sobre la sanación. En nuestro blog, y en nuestros talleres, hay personas de muchas creencias y también personas que no tienen ninguna. Todas caben.

Qué significa «curar» en Cura-Kuens

Cura-Kuens quiere decir curar con cuentos (kuens son los cuentos en wayuunaiki). Por eso es importante decirlo con claridad: un cuento no reemplaza al médico, al psicólogo ni a ningún tratamiento.

Cuando decimos «curar», hablamos de otra cosa, más cercana a la palabra cuidar:

  • acompañar a un niño para que no esté solo con su miedo, su rabia o su tristeza;
  • darle palabras para nombrar lo que siente;
  • abrirle una puerta, un cuento con una salida posible;
  • unir otra vez lo que se ha separado: al niño con su familia, con sus mayores, con su territorio.

Eso es lo que hacía el «sana que sana» de la abuela. No cerraba la herida: la acompañaba. Y para la herida estaba la curita, y si era grave, el hospital.

La palabra que consuela en La Guajira

La idea de que la palabra acompaña la sanación no es solo de la Biblia ni de Grecia. Está también aquí, en nuestra tierra, de muchas formas.

  • Entre los wayúu, la sanadora tradicional, la outsü, trabaja con el sueño y con el canto. Así lo han descrito estudiosos como Michel Perrin. Su saber pertenece a su pueblo, y solo sus autoridades pueden explicarlo; aquí solo lo nombramos con respeto.
  • En mi investigación de maestría, el sabedor de Koushatchon nos contó que los kuens se cuentan en muchos momentos de la vida: en las fiestas, en el trabajo, en los arreglos de un problema y también en los velorios. Cuando la familia está de duelo, el cuento acompaña.
  • En el Caribe, muchas familias recuerdan a los rezanderos y rezanderas, a las abuelas que «rezaban» a los niños, y a las madres que cantaban para dormir a un hijo con fiebre mientras esperaban al médico.
  • En todas las casas están el «sana que sana», la canción de cuna, el cuento de la noche y la mano en la frente.

Ninguna de estas palabras reemplaza al hospital. Pero todas dicen lo mismo: quien sufre necesita, además de un remedio, una voz que lo acompañe.

Y hay algo más, que el texto recordaba con los salmos: la palabra cambia de voz según lo que vivimos. En la alegría se canta; en el dolor se habla bajito. Un buen narrador lo sabe. No cuenta igual en una fiesta que junto a la cama de un niño enfermo.

Sesión en la Biblioteca Comuna 10: «La mochila de las palabras que abrazan»

Para niños de 5 a 9 años, con un familiar si es posible · 1 hora · de 8 a 14 participantes

Cada niño arma una pequeña colección de palabras, canciones y gestos que lo hacen sentir mejor cuando está triste, asustado o enfermo. No son remedios: son compañía.

Materiales: la mochila de los talleres con el caracol de la abuela Carey, el ovillo de Wale'kerü, sobres de papel o bolsitas de tela, tarjetas pequeñas, colores, curitas de juguete (stickers) y las tarjetas del animómetro.

  1. Abrir la mochila (5 min). Animómetro de entrada. En círculo, cada uno dice qué le dicen en su casa cuando se cae o se raspa.
  2. Urdir (10 min). Recitamos juntos el «sana que sana, colita de rana». Si hay familiares, cuentan qué les decían a ellos de niños: una canción, un rezo, una frase de la abuela.
  3. El cuento (8 min). La facilitadora cuenta un cuento corto: La noche en que Pinzote se enfermó. La abuela Carey no tiene remedios; le dice a Pinzote que lo lleve su mamá al doctor, pero mientras llegan, le canta bajito y le pone el caracol al oído para que escuche el mar. Pinzote se siente acompañado.
  4. Pasar la trama (7 min). Pasando el ovillo, cada niño dice qué hizo la abuela Carey para que Pinzote se sintiera mejor.
  5. Tejer: las palabras que abrazan (15 min). Cada niño llena tres tarjetas, dibujando o dictando a su familiar:
    • una palabra o frase que lo hace sentir mejor;
    • una canción que le gusta escuchar cuando está triste;
    • una persona que lo abraza cuando lo necesita.


Las guarda en su sobre o bolsita, que decora como una mochila.

  1. El cuento propio (10 min). En parejas, uno cuenta qué guardó en su mochila y el otro le pone una «curita de palabras» (un sticker) donde quiera: en la mano, en el hombro, en el corazón.
  2. Cerrar la mochila (5 min). Animómetro de salida. Cada uno se lleva su mochila para tenerla cerca de la cama.

Cómo se ve la triada en esta sesión

Dimensión

Dónde aparece

Aprender escuchando (la urdimbre)

El «sana que sana», las frases y canciones de los familiares, el cuento de Pinzote enfermo, el sonido del caracol

Aprender sintiendo (la trama)

Reconocer qué nos consuela, sentirse acompañado, el gesto de la curita de palabras, el animómetro

Aprender haciendo (la mochila)

Llenar las tres tarjetas, decorar la mochila, poner la curita al compañero

Un cuidado. La sesión deja claro que cuando el cuerpo está enfermo hay que ir al médico, y que las palabras acompañan, no curan. Si un niño cuenta que alguien en su casa está muy enfermo, o que hubo una muerte reciente, se le escucha con cariño y se avisa a la familia o a la bibliotecaria para acompañarlo.

Para cerrar

Desde los profetas hasta las abuelas de Riohacha, los seres humanos hemos sabido algo sencillo: el que sufre necesita una voz que lo acompañe. Eso es lo que quiere ser Cura-Kuens. No una medicina, sino una mano en la frente y un cuento al oído, mientras llega la curita, el médico o el tiempo.

¿Qué te decían en tu casa cuando te caías o estabas enfermo? Cuéntamelo en los comentarios. Quizá juntos armemos un cancionero de palabras que abrazan.

Referencias

  • Shchedrovitski, Dmitri V. Terapia Nefesh: sistema bíblico de sanación (en ruso: Нефеш-терапия). 3.ª ed. Moscú: Terevinf.
  • Platón. Cármides. Dominio público.
  • Perrin, Michel. El camino de los indios muertos: mitos y símbolos guajiros.
  • Arias Noguera, F. y Celedón Simanca, E. C. (2023). Los Kuens como estrategia de animación lectora en el marco de la oralidad de la comunidad Wayúu [Tesis de maestría]. Fundación Universitaria Los Libertadores.

 

 


¿Enciclopedia o cuento? Por qué los niños necesitan las dos

 

Sobre esta entrada. Adapta un texto traducido, al parecer de origen ruso, sin autoría consignada, sobre la discusión histórica entre los libros «útiles» y los cuentos. Los matices históricos, las conexiones con Riohacha y el taller son propuesta de Cura-Kuens.

«Los niños necesitan cuentos.» Parece una verdad que nadie discute. Pero basta mirar los estantes de muchas casas para ver que no todos los padres lo creen. Hay enciclopedias ilustradas de dinosaurios, de peces de las profundidades, de planetas y estrellas, y hasta de «¿de dónde vengo?». Libros útiles, que enseñan datos. ¿Y los cuentos? Para algunos padres preocupados, son «diversión vacía».

Esta entrada no viene a pelear con las enciclopedias. Viene a defender que los niños necesitan las dos cosas.

Una vieja sospecha contra los cuentos

Los padres que desconfían de los cuentos tienen antepasados muy serios. En la segunda mitad del siglo XIX, cuando avanzaban las ciencias experimentales, muchos pedagogos pensaban que la imaginación infantil era casi un estorbo: algo que distraía a los niños de conocer el mundo real.

El texto menciona dos nombres:

  • María Montessori, la gran pedagoga italiana, desconfiaba de los cuentos fantásticos para los niños más pequeños. Pensaba que antes de los seis años el niño debe conocer bien la realidad, con materiales concretos, y que la fantasía llegaría después, sobre esa base. No es que despreciara la imaginación: quería que naciera de la experiencia real.
  • Elizaveta Vodovózova, pedagoga rusa del siglo XIX, también desconfió durante un tiempo de los cuentos de hadas, aunque luego cambió de opinión.

Lo que dijo el siglo XX

El siglo siguiente cambió la mirada. La psicología infantil moderna, con autores como el ruso Lev Vygotsky, ve la imaginación como una de las conquistas más importantes de la edad preescolar: es la base del juego, del pensamiento creativo y de la capacidad de planear. Y psicoanalistas como Bruno Bettelheim defendieron que los cuentos son, para la mente del niño, tan necesarios como el aire fresco para el cuerpo.

Qué hace el cuento que no hace la enciclopedia

La enciclopedia responde «¿qué es esto?». El cuento responde otra pregunta, igual de importante: «¿qué hago con lo que siento?».

En los cuentos, los niños encuentran, disfrazados, los mismos conflictos que viven ellos: los celos de un hermano, el miedo a quedarse solos, la rabia con los papás, el deseo de ser grandes. Pero el cuento no se queda en mostrar el problema: siempre ofrece una salida, una manera de actuar con los padres, con los hermanos, con los demás.

La enciclopedia

El cuento

Enseña datos sobre el mundo

Enseña a vivir en el mundo

Responde «¿qué es?» y «¿cómo funciona?»

Responde «¿qué siento?» y «¿qué hago?»

Desarrolla la curiosidad y el conocimiento

Desarrolla la imaginación, la empatía y la esperanza

Se consulta

Se escucha, se repite, se vive

No hay que escoger

En Riohacha tenemos un ejemplo perfecto de que las dos cosas se pueden juntar: la tortuga carey.

Lo que dice la enciclopedia

Lo que dice el cuento

La tortuga carey vive en los arrecifes del Caribe y come esponjas marinas

La abuela Carey vuelve cada año a la playa de Riohacha para escuchar a quien la necesita

Las hembras salen de noche a poner sus huevos en la arena

La abuela Carey aparece de noche, cuando un cangrejito tiene miedo de la oscuridad

Está en peligro crítico de extinción

La abuela recuerda que antes veía muchas más tortugas en la playa

Su caparazón tiene placas de colores que se superponen

En su concha guarda tres regalos: un caracol, sal y un espejo

Un niño que conoce los dos lados sabe más y siente más. Conoce a la tortuga real y quiere cuidarla, porque ya la quiere gracias al cuento. Esa es la mejor manera de aprender.

Los padres, aliados

Para que los padres se vuelvan aliados de los cuentos, el texto propone dos cosas:

  1. Hablar con ellos de por qué los cuentos importan. Esta entrada puede servir para eso.
  2. Crear un motivo que invite a leer y a contar: un trabajo creativo en familia que obligue, con gusto, a conocer cuentos. Por ejemplo, hacer juntos un libro.

Taller para familias: «El libro de cuentos de la familia»

Para familias con niños de 4 a 9 años · sábado en la mañana en la Biblioteca Comuna 10 · 1 hora y 30 minutos · de 6 a 10 familias

Cada familia sale con un pequeño libro hecho por ella: una página con un dato real y una página con un cuento sobre el mismo animal o lugar de Riohacha.

Materiales: la mochila de los talleres, el ovillo de Wale'kerü, una enciclopedia o libro informativo sobre animales del Caribe, el cuento de Pinzote o de la abuela Carey, hojas dobladas como cuadernillo, colores, lana para coser el lomo y las tarjetas del animómetro.

  1. Abrir la mochila (10 min). Cada familia marca el animómetro y dice qué libros hay en su casa: ¿más de datos o más de cuentos?
  2. Urdir (10 min). La facilitadora lee una página de la enciclopedia sobre la tortuga carey. Luego pregunta: «¿Y si esta tortuga hablara, qué nos contaría?».
  3. El cuento (10 min). Se cuenta un cuento de la abuela Carey.
  4. Pasar la trama (10 min). Pasando el ovillo de familia en familia, cada niño dice algo que aprendió de la enciclopedia y cada adulto algo que sintió con el cuento.
  5. Tejer: dato y cuento (30 min). Cada familia escoge un animal o un lugar de Riohacha (el alcatraz, el cangrejo, el burro, el río Ranchería, el cardón). En la página izquierda del cuadernillo escriben un dato real; en la derecha, entre todos, inventan un cuento corto. El niño dibuja.
  6. El cuento propio (15 min). Se cose el lomo con lana y cada familia muestra su libro al grupo.
  7. Cerrar la mochila (5 min). Animómetro de salida. Los libros se pueden prestar en la biblioteca durante un mes.

Cómo se ve la triada en este taller

Dimensión

Dónde aparece

Aprender escuchando (la urdimbre)

La página de la enciclopedia, el cuento de la abuela Carey, los libros de las otras familias

Aprender sintiendo (la trama)

Imaginar qué sentiría el animal, el orgullo de un libro propio, el animómetro

Aprender haciendo (la mochila)

Buscar el dato, inventar el cuento, dibujar, coser el lomo del libro

Para cerrar

La enciclopedia le enseña al niño cómo es el mar. El cuento le enseña a no tenerle miedo, a quererlo y a cuidarlo. Las dos caben en el mismo estante, y las dos caben en la misma mochila. No hay que escoger: hay que juntarlas.

¿En tu casa hay más libros de datos o más libros de cuentos? Cuéntamelo en los comentarios.

Referencias

  • Bettelheim, Bruno. Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica.
  • Montessori, María. El niño: el secreto de la infancia.
  • Vygotsky, Lev S. La imaginación y el arte en la infancia.
  • Texto de origen: artículo traducido, al parecer de origen ruso, sin autoría consignada.

 


 


Cenicienta, otra vez: lo que el cuento dice cuando lo volvemos a leer

 

Sobre esta entrada. Es la continuación de ¿Los cuentos de hadas hacen daño?. Adapta un artículo traducido, al parecer de origen ruso, sin autoría consignada, que relee Cenicienta para buscar otra idea de la felicidad. Lo que dice el artículo se contrastó con el cuento de Charles Perrault (1697). Las conexiones con Riohacha y la sesión son propuesta de Cura-Kuens.

Casi todas las niñas del mundo han jugado alguna vez a ser Cenicienta. Pocas quieren ser la Sirenita o la Bella Durmiente: la favorita es ella, la que pasa de las cenizas al palacio en una sola noche. En la entrada anterior vimos que los cuentos pueden volverse guiones de vida. Hoy hacemos algo distinto: volvemos a leer el cuento con calma, como quien vuelve a mirar una mochila vieja y descubre hilos que nunca había visto.

La Cenicienta que creemos conocer

El artículo que recibí compara Cenicienta con el «sueño americano»: la historia del pobre que de un momento a otro se vuelve millonario. Una felicidad que llega de golpe, como un rayo, sin camino. Y propone que muchas niñas crecen con un mapa de la felicidad que dice más o menos así:

  1. Una niña buena aguanta en silencio que la humillen.
  2. Trabaja duro, aunque no le guste, y espera.
  3. Alguien, un hada, verá su paciencia y la premiará.
  4. Un vestido y unos zapatos la volverán bella.
  5. El príncipe se enamorará de la más bella.
  6. El príncipe la salvará y le dará la felicidad.

Según el artículo, ese mapa puede llevar a tres caminos tristes en la vida adulta:

  • El de los vestidos: buscar la belleza solo afuera, en la ropa, el maquillaje o el cuerpo, sobre todo si nadie le dijo nunca a la niña que era bonita tal como era.
  • El del hada: trabajar sin descanso, cargar con todo en la casa y en el trabajo, aguantar injusticias en silencio y esperar que algún día alguien lo agradezca. Mientras tanto, la rabia y la desilusión se van acumulando por dentro.
  • El del príncipe: creer que la felicidad depende de encontrar a la persona perfecta, y sentirse estafada cuando el amor no la resuelve.

Vale la pena preguntarse: ¿cuántas mujeres conocemos, en Riohacha y en todas partes, que caminan por alguno de esos tres caminos?

Releer el cuento

La autora del artículo cuenta que, ya adulta, volvió a leer Cenicienta y descubrió cosas que no recordaba. Lo comprobé con la versión de Charles Perrault, publicada en Francia en 1697, que es la que dio origen al hada madrina, la calabaza y el zapatito de cristal. Y es cierto: el cuento dice más de lo que solemos recordar.

Lo que sí dice el cuento de Perrault

  • No hubo un solo baile, sino dos. Y en el primero, Cenicienta no corre detrás del príncipe.
  • En el primer baile se sienta junto a sus hermanastras y comparte con ellas las naranjas y los limones que el príncipe le había regalado. Ellas no la reconocen.
  • No se venga. Al final, cuando las hermanastras le piden perdón, Cenicienta las perdona de corazón, las lleva a vivir al palacio y les ayuda a casarse.
  • Su padre es un gentilhombre, un hombre de buena familia, que vive dominado por su nueva esposa y no la defiende.

Lo que el artículo agrega por su cuenta

El artículo dice que Cenicienta era una «estilista» con su propia clientela. El cuento no dice eso. Lo que sí cuenta Perrault es que las hermanastras le pedían consejo para arreglarse antes del baile, porque tenía buen gusto, y que ella las peinaba. El artículo convierte ese detalle en una profesión. Es una lectura creativa, no lo que dice el texto.

Otras Cenicientas

Perrault no es la única versión. En la de los hermanos Grimm, no hay hada madrina: Cenicienta llora sobre la tumba de su madre, allí crece un árbol y unas palomas la ayudan. Y el final es mucho más duro con las hermanastras. Hay versiones de Cenicienta en casi todas las culturas del mundo, desde China hasta África. Cada pueblo le pone a la historia su propia idea de la justicia y de la felicidad.

La Cenicienta que aparece al releer

Si juntamos lo que de verdad dice Perrault, aparece una Cenicienta distinta de la que esperaba al príncipe:

  • es generosa, incluso con quienes la tratan mal;
  • va al baile a disfrutar, no a cazar marido;
  • no se apura a decir quién es cuando el príncipe la busca;
  • y elige perdonar, en lugar de vengarse.

Como dice el artículo, el cuento no trata de cómo encontrar a un príncipe, sino de cómo encontrarse a una misma.

Lo que tomamos y lo que no

Lo que sí tomamos

  • Releer los clásicos. Muchas veces recordamos las películas y no los cuentos. Volver al texto puede cambiar por completo su sentido.
  • Mirar los «mapas» que nos dejaron los cuentos, para decidir si queremos seguirlos o no.
  • La idea central: nadie puede hacer feliz a otra persona. La felicidad no llega en una carroza.

Lo que no tomamos

  • Que «el hemisferio derecho está más desarrollado en las niñas» y por eso son más emocionales. Es un mito que la ciencia del cerebro no respalda. Niñas y niños sienten y piensan con todo el cerebro.
  • La burla a las mujeres que se arreglan o se hacen cirugías (el artículo las llama «hadas de plástico»). Cada quien decide sobre su cuerpo. Lo que sí vale la pena es que una niña escuche desde pequeña que es valiosa y bonita tal como es.
  • La Cenicienta «perfecta» que nunca se enoja y a la que nada le duele. El artículo la presenta como un ejemplo de no sentir rabia ni dolor. En Cura-Kuens creemos lo contrario: sentir rabia o tristeza ante una injusticia es natural, y lo importante es qué hacemos con lo que sentimos. Perdonar es una decisión hermosa, pero no una obligación.
  • Que aceptar el maltrato «con calma» sea una virtud. Si una niña o una mujer es maltratada en su casa, no se trata de aguantar con serenidad: se trata de buscar ayuda.

La felicidad se teje

En La Guajira tenemos una imagen que lo dice mejor que cualquier príncipe: la mochila. Nadie la recibe hecha de un hada. Se teje hilo por hilo, con paciencia, a veces deshaciendo y volviendo a empezar, como enseñó Wale'kerü. Y tiene una ventaja: la teje quien la va a usar.

Así es la felicidad. No la da un vestido ni un matrimonio. La vamos tejiendo con lo que somos, con lo que aprendemos y con la gente que escogemos tener cerca. Y si en el camino aparece alguien con quien compartirla, qué bueno. Pero la mochila sigue siendo nuestra.

Sesión en la Biblioteca Comuna 10: «Cenicienta tiene la palabra»

Para niñas y niños de 10 a 14 años · 1 hora y 15 minutos · de 10 a 16 participantes · continuación de «Detectives de noticias y una Cenicienta de Riohacha»

Materiales: la mochila de los talleres, el ovillo de Wale'kerü, la versión de Perrault de Cenicienta (de dominio público), una silla decorada como «trono de Cenicienta», hilos o lanas de tres colores, cartulina, colores y las tarjetas del animómetro.

  1. Abrir la mochila (5 min). Animómetro de entrada. En círculo, cada uno dice qué recuerda de Cenicienta: de la película, de un libro o de lo que le contaron.
  2. Urdir: lo que creemos recordar (10 min). En un papel grande escribimos entre todos «la Cenicienta que recordamos»: cómo era, qué quería, qué hizo.
  3. El cuento (15 min). Leemos la versión de Perrault en voz alta, por turnos. Cada vez que aparece algo que no recordaban (los dos bailes, las naranjas compartidas, el perdón), lo marcan con una estrella.
  4. Pasar la trama (10 min). Pasando el ovillo, cada uno dice qué descubrió al releer: «No sabía que…».
  5. Tejer: la silla de Cenicienta (15 min). Un voluntario se sienta en el «trono» y responde como si fuera Cenicienta. Los demás le hacen preguntas: «¿Por qué compartiste las naranjas con tus hermanastras?», «¿Querías casarte con el príncipe?», «¿Qué sentiste cuando te humillaban?», «¿Qué te gustaría decirle a una niña de Riohacha?». Se pueden turnar dos o tres Cenicientas, y también un príncipe o una hermanastra.
  6. El cuento propio: mi mochila de la felicidad (15 min). Cada uno teje o dibuja una mochila con tres hilos de colores, y le pone una palabra a cada hilo:
    • algo que sé hacer bien;
    • alguien que escojo tener cerca;
    • algo que quiero aprender.
  7. Cerrar la mochila (5 min). Animómetro de salida. Cada uno completa la frase: «Mi felicidad la tejo yo cuando…».

Cómo se ve la triada en esta sesión

Dimensión

Dónde aparece

Aprender escuchando (la urdimbre)

La lectura por turnos del cuento de Perrault, escuchar las respuestas de Cenicienta en la silla

Aprender sintiendo (la trama)

Ponerse en el lugar de Cenicienta o de una hermanastra, reconocer lo que nos hace felices, el animómetro

Aprender haciendo (la mochila)

Marcar los descubrimientos, actuar en la silla, tejer o dibujar la mochila de la felicidad

Un cuidado. Si en la silla de Cenicienta algún niño o niña habla de humillaciones o maltrato que parecen propios, la facilitadora lo acompaña con calma, no lo expone delante del grupo y sigue la ruta del protocolo de la biblioteca.

Para cerrar

A veces un cuento que creemos conocer de memoria nos está esperando con algo nuevo. Cenicienta no tiene por qué ser la historia de una niña que aguanta y espera. Si la volvemos a leer, puede ser la historia de una muchacha generosa, que va al baile a disfrutar, que no se apura y que elige perdonar. Y, sobre todo, puede recordarnos que la felicidad no se recibe de un hada: se teje, como una mochila, hilo por hilo.

¿Y tú, cuál de los tres caminos (el vestido, el hada o el príncipe) has visto más cerca? ¿Y qué hilo le pondrías a tu propia mochila de la felicidad? Te leo en los comentarios.

Referencias

  • Perrault, Charles. Cendrillon ou la petite pantoufle de verre [Cenicienta o el zapatito de cristal]. En Histoires ou contes du temps passé, 1697. Dominio público.
  • Grimm, Jacob y Wilhelm. Aschenputtel [Cenicienta]. En Cuentos de la infancia y del hogar, 1812. Dominio público.
  • Texto de origen: artículo traducido, al parecer de origen ruso, sin autoría consignada, que relee Cenicienta.

 

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