lunes, 30 de junio de 2025

Dicen que las mujeres…: la mujer de la Calle Primera

Sobre esta entrada. Parte de un texto traducido, al parecer de origen ruso, sin autoría consignada, que retrata a «una mujer de verdad» desmintiendo uno a uno los prejuicios que se dicen sobre las mujeres. Conservamos su estructura («dicen que…, pero ella…») y reescribimos el relato en Riohacha. La reescritura, la reflexión y la sesión son de Cura-Kuens.

Toda la vida hemos escuchado frases que empiezan igual: «dicen que las mujeres…». Que hablan mucho y no dicen nada. Que no saben decidir. Que son débiles. Que viven el momento y no piensan en el mañana. Son frases que se repiten como un cuento viejo, tantas veces que algunas terminan creyéndolas.

Un texto que llegó a mis manos hace algo muy poderoso con esas frases: las pone una por una frente a una mujer real y deja que ella las desmienta con su vida. Eso, en cuentoterapia, tiene nombre: reescribir la historia que nos contaron sobre nosotras. Aquí va mi versión, con una mujer que bien podría caminar por la Calle Primera de Riohacha.

La mujer de la Calle Primera

Relato de Cura-Kuens, a partir de un texto traducido.

Caminaba por la Calle Primera al atardecer, cuando la brisa empieza a mover las palmeras y los pescadores recogen las redes frente al muelle. No era la más joven ni la más arreglada; a veces ni siquiera se maquillaba. Pero algo en ella hacía que la gente volteara a mirarla. Tenía en la cara una mezcla de calma y buen humor que daba ganas de saludarla, de sentarse a su lado en el malecón y conversar.

Dicen que las mujeres hablan mucho y no dicen nada. Ella hablaba poco. Pero cuando hablaba, sus palabras abrían caminos. Los vecinos la buscaban para pedirle consejo, y ella no daba sermones: hacía una pregunta, decía una frase sencilla, y uno salía de la conversación con la idea clara, como si se le hubiera ocurrido solo.

Dicen que las mujeres no saben pensar. Ella llevaba las cuentas de la cooperativa de su barrio, leía todo lo que le caía en las manos y pensaba antes de responder. Y a veces, en los momentos difíciles, se notaba en ella una sabiduría más antigua que ella misma: la de su abuela, la de la abuela de su abuela, la de todas las mujeres que la habían precedido.

Dicen que las mujeres no cumplen su palabra. Si ella decía que iba, iba. Si prometía hacer algo, lo hacía. Su palabra valía como un nudo bien hecho en el chinchorro: no se soltaba.

Dicen que las mujeres viven el momento y no piensan en el mañana. Ella aprendía algo nuevo cada día. Por las noches, cuando la casa quedaba en silencio, se preguntaba: «¿Fui hoy fiel a mí misma?». No se exigía ser perfecta. Si algo no le había salido bien, se perdonaba y al día siguiente volvía a empezar, como la marea.

Dicen que las mujeres son débiles. Ella había pasado sequías, pérdidas y noches largas. Su fuerza no era de gritos: estaba en la calma de sus manos, en su respiración tranquila, en la sonrisa con la que enfrentaba lo difícil. Por eso, cuando algo grave pasaba en el barrio, todos miraban hacia ella.

Dicen que las mujeres no saben decidir. Ella tomaba decisiones todos los días, algunas muy duras. Decidía qué sentimientos dejaba crecer y cuáles no iba a alimentar. Decidía a quién le daba su tiempo y su cariño. Y decidía, sin dudarlo, que quien la tratara mal no tenía lugar en su vida.

Tenía un hijo y un compañero al que quería. Con los dos hablaba claro y con ternura. Al niño lo acompañaba sin apagarle la curiosidad: lo dejaba preguntar, explorar, equivocarse. Con su compañero se querían con respeto, de ida y vuelta. Ella no vivía con miedo de perderlo; vivía con ganas de que cada día tuviera un ratico de fiesta.

Pero lo más importante era otra cosa. Ella sabía mirar a los demás de una manera que les ablandaba el alma. Después de hablar con ella, uno se acordaba de sus pequeños logros, de lo que sí había hecho bien, y salía con ganas de intentar algo grande.

¿Quién era? Nadie lo sabe con certeza. Quizá era la abuela que cuenta cuentos en la terraza, la tejedora que pasa el día frente a la mochila, la vendedora de friche del mercado, la maestra de la escuela del barrio o la pescadora que madruga antes que el sol. Quizá era todas ellas.

La gente decía que era «una mujer de verdad». Ella sonreía y respondía:

—Soy una mujer. Y con eso basta.

¿Qué hacemos con los «dicen que»?

Las etiquetas también son cuentos

Un «dicen que» es un cuento corto que alguien nos contó sobre quiénes somos. Si se repite mucho, se vuelve una etiqueta, y la etiqueta puede convertirse en una cárcel: la niña que escucha «las mujeres no son buenas para las matemáticas» deja de intentarlo; la mujer que oye «tú no sabes decidir» empieza a dudar de sí misma.

La fuerza del relato está en su estructura: primero nombra la etiqueta, y después la desmiente con una vida concreta. No discute ni pelea; muestra. Esa es una herramienta de la cuentoterapia: tomar la historia que nos contaron y reescribirla con nuestra propia voz.

Por qué cambié el texto original

El texto que recibí es bello en su intención, pero en el camino repite algunos prejuicios que no queremos sembrar. Por ejemplo, celebra que la mujer le permita a su pareja coquetear con otras, la presenta influyendo en los demás sin que se den cuenta y la pone a revisarse cada noche para ver si es «digna» de llamarse mujer. En mi versión:

  • el amor es con respeto de ida y vuelta, y quien maltrata no tiene lugar;
  • sus palabras abren caminos, en vez de manipular;
  • se revisa cada noche, pero sin exigirse ser perfecta: se perdona y vuelve a empezar.

En La Guajira, la palabra de la mujer pesa

En el pueblo wayúu, la sociedad es matrilineal: los clanes se heredan por la línea de la madre. Las abuelas, madres y tías maternas enseñan a las niñas a tejer y les transmiten la sabiduría de su pueblo. Y la primera maestra del tejido fue una figura femenina: Wale'kerü, la araña.

En mi investigación de maestría encontramos algo que confirma esa fuerza: el cuento de Wale'kerü fue el preferido de los niños, de la docente y del sabedor de Koushatchon. La docente lo explicaba así: en el hogar, las mujeres tejen, protegen a sus hijos y cuidan la casa; y en la ranchería, su sola presencia es símbolo de respeto y unidad.

Y en el Caribe de Riohacha, las mujeres han sido muchas veces las guardianas de la palabra: las abuelas que cuentan, las cantadoras, las que sostienen la casa y el barrio. La mujer de la Calle Primera no es una excepción. Es un retrato de muchas.

Sesión en la Biblioteca Comuna 10: «Dicen que… pero yo…»

Para niñas y niños de 8 a 12 años, con mamás, abuelas o cuidadoras invitadas si es posible · 1 hora y 15 minutos · de 10 a 16 participantes

Las etiquetas no son solo de las mujeres. A los niños también les dicen cosas: «los hombres no lloran», «las niñas no juegan fútbol», «tú eres el inquieto del salón». Esta sesión trabaja con las dos.

Materiales: la mochila de los talleres con el espejo de la abuela Carey, el ovillo de Wale'kerü, tiras de papel de dos colores (uno para las etiquetas y otro para las respuestas), una cuerda, ganchos de ropa, marcadores y las tarjetas del animómetro.

  1. Abrir la mochila (5 min). Animómetro de entrada. En círculo, cada uno dice su nombre y algo que sabe hacer bien.
  2. Urdir (10 min). Contamos el mito de Wale'kerü, la araña que enseñó a tejer, y conversamos: ¿quién nos enseñó a nosotros lo que sabemos hacer? Si hay mamás o abuelas invitadas, ellas cuentan quién les enseñó a ellas.
  3. El cuento (10 min). La facilitadora lee La mujer de la Calle Primera, en voz alta y despacio.
  4. Pasar la trama (10 min). Pasando el ovillo, cada uno dice qué «dicen que» del cuento le llamó más la atención, o uno que haya escuchado alguna vez.
  5. Tejer: la cuerda de las etiquetas (20 min). Cada uno escribe en una tira del primer color un «dicen que» que haya escuchado sobre los niños, las niñas, las mujeres, los hombres o sobre sí mismo. Se cuelgan en la cuerda. Luego, en parejas, escogen una tira y le escriben la respuesta en el otro color, empezando con «pero yo…» o «pero ella…». Por ejemplo: «Dicen que los hombres no lloran… pero mi abuelo lloró cuando nació mi hermanita, y es el más valiente que conozco». La respuesta se cuelga encima de la etiqueta.
  6. El cuento propio (15 min). Cada uno escribe un mini relato con la estructura del cuento: tres «dicen que…» y tres «pero yo…». Quien quiera, lo lee frente al espejo de la abuela Carey.
  7. Cerrar la mochila (5 min). Animómetro de salida. La cuerda queda colgada en la biblioteca durante una semana.

Cómo se ve la triada en esta sesión

Dimensión

Dónde aparece

Aprender escuchando (la urdimbre)

El mito de Wale'kerü, la voz de las mamás y abuelas, la lectura del relato, escuchar los «dicen que» de los otros sin burlarse

Aprender sintiendo (la trama)

Reconocer una etiqueta que nos ha dolido, el orgullo de lo que sí sabemos hacer, el espejo de la abuela Carey

Aprender haciendo (la mochila)

Escribir y colgar las tiras, responder en parejas, escribir el mini relato propio, la cuerda que queda en la biblioteca

Un cuidado. Algunas etiquetas pueden venir de situaciones dolorosas en casa o en la escuela. No pedimos que nadie cuente de dónde viene su frase. Si alguna tira revela que un niño o una niña está siendo maltratado o humillado, la facilitadora habla con la bibliotecaria al terminar y sigue la ruta del protocolo.

Para cerrar

Los «dicen que» se tejen con hilos viejos, y a veces nos amarran sin que nos demos cuenta. Pero un hilo también se puede destejer y volver a tejer. Cada vez que una niña responde «pero yo…», cada vez que una abuela cuenta lo que sí pudo hacer, se teje un cuento nuevo. Y ese cuento, como las mochilas de Wale'kerü, pasa de mano en mano.

¿Qué «dicen que» te tocaron a ti? ¿Y cómo los desmentiste? Te leo en los comentarios.

Referencias

  • Arias Noguera, F. y Celedón Simanca, E. C. (2023). Los Kuens como estrategia de animación lectora en el marco de la oralidad de la comunidad Wayúu [Tesis de maestría]. Fundación Universitaria Los Libertadores.
  • Texto de origen: retrato traducido de «una mujer de verdad», al parecer de origen ruso, sin autoría consignada.

 



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