Sobre esta entrada. Parte de
un texto traducido, al parecer de origen ruso, sin autoría consignada, que
retrata a «una mujer de verdad» desmintiendo uno a uno los prejuicios que se
dicen sobre las mujeres. Conservamos su estructura («dicen que…, pero ella…») y
reescribimos el relato en Riohacha. La reescritura, la reflexión y la sesión
son de Cura-Kuens.
Toda la vida hemos
escuchado frases que empiezan igual: «dicen que las mujeres…». Que
hablan mucho y no dicen nada. Que no saben decidir. Que son débiles. Que viven
el momento y no piensan en el mañana. Son frases que se repiten como un cuento
viejo, tantas veces que algunas terminan creyéndolas.
Un texto que llegó a mis
manos hace algo muy poderoso con esas frases: las pone una por una frente a una
mujer real y deja que ella las desmienta con su vida. Eso, en cuentoterapia,
tiene nombre: reescribir la historia que nos contaron sobre nosotras.
Aquí va mi versión, con una mujer que bien podría caminar por la Calle Primera
de Riohacha.
La mujer
de la Calle Primera
Relato de Cura-Kuens, a
partir de un texto traducido.
Caminaba por la Calle
Primera al atardecer, cuando la brisa empieza a mover las palmeras y los
pescadores recogen las redes frente al muelle. No era la más joven ni la más
arreglada; a veces ni siquiera se maquillaba. Pero algo en ella hacía que la
gente volteara a mirarla. Tenía en la cara una mezcla de calma y buen humor que
daba ganas de saludarla, de sentarse a su lado en el malecón y conversar.
Dicen que las mujeres
hablan mucho y no dicen nada. Ella hablaba poco. Pero
cuando hablaba, sus palabras abrían caminos. Los vecinos la buscaban para
pedirle consejo, y ella no daba sermones: hacía una pregunta, decía una frase
sencilla, y uno salía de la conversación con la idea clara, como si se le
hubiera ocurrido solo.
Dicen que las mujeres no
saben pensar. Ella llevaba las cuentas de la cooperativa de su barrio, leía todo lo
que le caía en las manos y pensaba antes de responder. Y a veces, en los
momentos difíciles, se notaba en ella una sabiduría más antigua que ella misma:
la de su abuela, la de la abuela de su abuela, la de todas las mujeres que la
habían precedido.
Dicen que las mujeres no
cumplen su palabra. Si ella decía que iba, iba. Si prometía hacer algo, lo hacía. Su
palabra valía como un nudo bien hecho en el chinchorro: no se soltaba.
Dicen que las mujeres viven
el momento y no piensan en el mañana. Ella aprendía algo nuevo
cada día. Por las noches, cuando la casa quedaba en silencio, se preguntaba: «¿Fui
hoy fiel a mí misma?». No se exigía ser perfecta. Si algo no le había
salido bien, se perdonaba y al día siguiente volvía a empezar, como la marea.
Dicen que las mujeres son
débiles. Ella había pasado sequías, pérdidas y noches largas. Su fuerza no era
de gritos: estaba en la calma de sus manos, en su respiración tranquila, en la
sonrisa con la que enfrentaba lo difícil. Por eso, cuando algo grave pasaba en
el barrio, todos miraban hacia ella.
Dicen que las mujeres no
saben decidir. Ella tomaba decisiones todos los días, algunas muy duras. Decidía qué
sentimientos dejaba crecer y cuáles no iba a alimentar. Decidía a quién le daba
su tiempo y su cariño. Y decidía, sin dudarlo, que quien la tratara mal no
tenía lugar en su vida.
Tenía un hijo y un
compañero al que quería. Con los dos hablaba claro y con ternura. Al niño lo
acompañaba sin apagarle la curiosidad: lo dejaba preguntar, explorar,
equivocarse. Con su compañero se querían con respeto, de ida y vuelta. Ella no
vivía con miedo de perderlo; vivía con ganas de que cada día tuviera un ratico
de fiesta.
Pero lo más importante era
otra cosa. Ella sabía mirar a los demás de una manera que les ablandaba el
alma. Después de hablar con ella, uno se acordaba de sus pequeños logros, de lo
que sí había hecho bien, y salía con ganas de intentar algo grande.
¿Quién era? Nadie lo sabe
con certeza. Quizá era la abuela que cuenta cuentos en la terraza, la tejedora
que pasa el día frente a la mochila, la vendedora de friche del mercado, la
maestra de la escuela del barrio o la pescadora que madruga antes que el sol.
Quizá era todas ellas.
La gente decía que era «una
mujer de verdad». Ella sonreía y respondía:
—Soy una mujer. Y con eso
basta.
¿Qué
hacemos con los «dicen que»?
Las
etiquetas también son cuentos
Un «dicen que» es un cuento
corto que alguien nos contó sobre quiénes somos. Si se repite mucho, se vuelve
una etiqueta, y la etiqueta puede convertirse en una cárcel: la niña que
escucha «las mujeres no son buenas para las matemáticas» deja de intentarlo; la
mujer que oye «tú no sabes decidir» empieza a dudar de sí misma.
La fuerza del relato está
en su estructura: primero nombra la etiqueta, y después la desmiente con una
vida concreta. No discute ni pelea; muestra. Esa es una herramienta de la
cuentoterapia: tomar la historia que nos contaron y reescribirla con nuestra
propia voz.
Por qué
cambié el texto original
El texto que recibí es
bello en su intención, pero en el camino repite algunos prejuicios que no
queremos sembrar. Por ejemplo, celebra que la mujer le permita a su pareja
coquetear con otras, la presenta influyendo en los demás sin que se den cuenta
y la pone a revisarse cada noche para ver si es «digna» de llamarse mujer. En
mi versión:
- el amor es con respeto de ida y vuelta,
y quien maltrata no tiene lugar;
- sus palabras abren caminos, en vez de
manipular;
- se revisa cada noche, pero sin exigirse ser
perfecta: se perdona y vuelve a empezar.
En La
Guajira, la palabra de la mujer pesa
En el pueblo wayúu, la
sociedad es matrilineal: los clanes se heredan por la línea de la madre.
Las abuelas, madres y tías maternas enseñan a las niñas a tejer y les
transmiten la sabiduría de su pueblo. Y la primera maestra del tejido fue una
figura femenina: Wale'kerü, la araña.
En mi investigación de
maestría encontramos algo que confirma esa fuerza: el cuento de Wale'kerü fue
el preferido de los niños, de la docente y del sabedor de Koushatchon. La
docente lo explicaba así: en el hogar, las mujeres tejen, protegen a sus
hijos y cuidan la casa; y en la ranchería, su sola presencia es símbolo de
respeto y unidad.
Y en el Caribe de Riohacha,
las mujeres han sido muchas veces las guardianas de la palabra: las abuelas que
cuentan, las cantadoras, las que sostienen la casa y el barrio. La mujer de la
Calle Primera no es una excepción. Es un retrato de muchas.
Sesión en
la Biblioteca Comuna 10: «Dicen que… pero yo…»
Para niñas y niños de 8 a
12 años, con mamás, abuelas o cuidadoras invitadas si es posible · 1 hora y 15
minutos · de 10 a 16 participantes
Las etiquetas no son solo
de las mujeres. A los niños también les dicen cosas: «los hombres no lloran»,
«las niñas no juegan fútbol», «tú eres el inquieto del salón».
Esta sesión trabaja con las dos.
Materiales: la
mochila de los talleres con el espejo de la abuela Carey, el ovillo de
Wale'kerü, tiras de papel de dos colores (uno para las etiquetas y otro para
las respuestas), una cuerda, ganchos de ropa, marcadores y las tarjetas del
animómetro.
- Abrir la mochila (5
min). Animómetro de entrada. En círculo, cada uno dice su nombre y
algo que sabe hacer bien.
- Urdir (10 min). Contamos
el mito de Wale'kerü, la araña que enseñó a tejer, y conversamos:
¿quién nos enseñó a nosotros lo que sabemos hacer? Si hay mamás o abuelas
invitadas, ellas cuentan quién les enseñó a ellas.
- El cuento (10 min). La
facilitadora lee La mujer de la Calle Primera, en voz alta y
despacio.
- Pasar la trama (10
min). Pasando el ovillo, cada uno dice qué «dicen que» del cuento le
llamó más la atención, o uno que haya escuchado alguna vez.
- Tejer: la cuerda de las etiquetas (20
min). Cada uno escribe en una tira del primer color un «dicen que» que
haya escuchado sobre los niños, las niñas, las mujeres, los hombres o
sobre sí mismo. Se cuelgan en la cuerda. Luego, en parejas, escogen una
tira y le escriben la respuesta en el otro color, empezando con «pero
yo…» o «pero ella…». Por ejemplo: «Dicen que los hombres no
lloran… pero mi abuelo lloró cuando nació mi hermanita, y es el más
valiente que conozco». La respuesta se cuelga encima de la etiqueta.
- El cuento propio (15
min). Cada uno escribe un mini relato con la estructura del cuento:
tres «dicen que…» y tres «pero yo…». Quien quiera, lo lee frente al espejo
de la abuela Carey.
- Cerrar la mochila (5
min). Animómetro de salida. La cuerda queda colgada en la biblioteca
durante una semana.
Cómo se ve la triada en esta
sesión
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Dimensión |
Dónde aparece |
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Aprender escuchando (la
urdimbre) |
El mito de Wale'kerü, la
voz de las mamás y abuelas, la lectura del relato, escuchar los «dicen que»
de los otros sin burlarse |
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Aprender sintiendo (la
trama) |
Reconocer una etiqueta
que nos ha dolido, el orgullo de lo que sí sabemos hacer, el espejo de la abuela
Carey |
|
Aprender haciendo (la
mochila) |
Escribir y colgar las
tiras, responder en parejas, escribir el mini relato propio, la cuerda que
queda en la biblioteca |
Un cuidado. Algunas
etiquetas pueden venir de situaciones dolorosas en casa o en la escuela. No
pedimos que nadie cuente de dónde viene su frase. Si alguna tira revela que un
niño o una niña está siendo maltratado o humillado, la facilitadora habla con
la bibliotecaria al terminar y sigue la ruta del protocolo.
Para
cerrar
Los «dicen que» se tejen
con hilos viejos, y a veces nos amarran sin que nos demos cuenta. Pero un hilo
también se puede destejer y volver a tejer. Cada vez que una niña responde «pero
yo…», cada vez que una abuela cuenta lo que sí pudo hacer, se teje un cuento
nuevo. Y ese cuento, como las mochilas de Wale'kerü, pasa de mano en mano.
¿Qué «dicen que» te tocaron
a ti? ¿Y cómo los desmentiste? Te leo en los comentarios.
Referencias
- Arias Noguera, F. y Celedón Simanca, E. C.
(2023). Los Kuens como estrategia de animación lectora en el marco de
la oralidad de la comunidad Wayúu [Tesis de maestría]. Fundación
Universitaria Los Libertadores.
- Texto de origen: retrato traducido de «una
mujer de verdad», al parecer de origen ruso, sin autoría consignada.
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