Sobre esta entrada. Comenta
el ensayo The Fantastic Imagination («La imaginación fantástica») del
escritor escocés George MacDonald, escrito como introducción a una edición de La
princesa ligera (The Light Princess) y reimpreso en su libro A
Dish of Orts (1893). La obra es de dominio público. Las citas son
traducción libre de Cura-Kuens a partir del original en inglés; las conexiones
con Riohacha y la sesión son propuesta de Cura-Kuens.
Cuando terminamos de contar
un cuento, casi siempre aparece alguien que pregunta: «¿Y cuál es la
moraleja?». Hace más de cien años, un escritor escocés respondió a esa
pregunta con una frase que me encanta: «Mientras crea que mi perro sabe
ladrar, no me pondré a ladrar por él». Es decir: si el cuento está bien
hecho, habla solo. No hace falta explicarlo.
Quién fue
George MacDonald
George MacDonald
(1824–1905) fue un escritor y predicador escocés, considerado uno de los padres
de la literatura fantástica moderna. Escribió cuentos de hadas como La
princesa ligera, La princesa y los trasgos y Al otro lado del
viento del norte. Fue amigo de Lewis Carroll, el autor de Alicia en el
país de las maravillas, y sus libros inspiraron después a C. S. Lewis y a
J. R. R. Tolkien.
¿Qué es
un cuento de hadas?
MacDonald se niega a
definirlo. Dice que es como tratar de definir un rostro humano: no se explica,
se reconoce. Si alguien le pregunta qué es un cuento de hadas, le responde:
«Lee Ondina. Eso es un cuento de hadas». (Ondina es la historia
de una ninfa del agua que quiere tener alma, escrita por el alemán Friedrich de
la Motte Fouqué, y para MacDonald era el cuento más hermoso que conocía.)
En Riohacha, si alguien nos
pregunta qué es un cuento, podríamos responder igual: «Escucha a una abuela
contar lo de Tío Conejo en la terraza. Eso es un cuento».
Las leyes
del mundo inventado
Para MacDonald, inventar un
mundo de cuento es lo más parecido a crear que puede hacer un ser humano. Pero
ese mundo tiene una condición: sus leyes deben ser coherentes, y quien lo
inventa tiene que respetarlas. Si en un cuento se dice que los animales
hablan solo de noche, ningún animal puede hablar al mediodía sin una buena
razón. Si el autor rompe sus propias reglas, el que escucha se cae del cuento,
como quien pisa una tabla floja.
MacDonald lo dice con una
imagen hermosa: la Imaginación es el sastre que corta el vestido, y la Fantasía
es la ayudante que lo cose. Y el autor que no respeta las leyes de su mundo «es
un necio que arroja piedras en un montón y lo llama iglesia».
Aquí
también hay leyes
Los cuentos de nuestra
tierra tienen sus propias reglas, y los niños las conocen muy bien:
- Tío Conejo siempre es astuto y Tío
Tigre siempre cae en la trampa. Si un día el conejo fuera torpe, los
niños protestarían: «¡Así no es!».
- Wale'kerü enseña a tejer con paciencia. No
hay atajos en su mito.
- La abuela Carey nunca hace magia y nunca pide
guardar secretos. Por eso escribimos su
ficha de personaje: para que sea la misma en todos los cuentos. MacDonald
estaría de acuerdo.
La ley
que no se puede cambiar
Hay, sin embargo, una ley
que ningún cuento puede romper: la ley moral. En un cuento puedo
inventar que las piedras flotan o que la lluvia cae hacia arriba. Pero, dice
MacDonald, sería una crueldad escribir una historia que llame bueno a quien
siempre hace el mal, o malo a quien siempre hace el bien. El cuento puede jugar
con todo, menos con eso.
El
sentido no se explica: se despierta
Esta es la parte del ensayo
que más le sirve a la cuentoterapia. MacDonald dice que un cuento no puede
carecer de sentido, pero que cada persona encuentra el suyo, según su
manera de ser y el momento de su vida. Y eso no es un problema: es la riqueza
del cuento.
Cinco ideas suyas, en traducción
libre:
«La obra no transmite un
significado: lo despierta.»
«Quizá sea mejor que leas
tu propio sentido en el cuento. Tu sentido puede ser mejor que el mío.»
«Si mi dibujo necesita que
escriba debajo ESTO ES UN CABALLO, es que no es una obra de arte.»
«Lo mejor que puedes hacer
por otra persona no es darle cosas en qué pensar, sino despertar las que ya
están en ella.»
«Yo no escribo para niños,
sino para los que son como niños, tengan cinco, cincuenta o setenta y cinco
años.»
MacDonald compara el cuento
con una sonata: si tres personas escriben lo que sintieron al
escucharla, sus textos se parecerán en el sentimiento, pero no en las ideas.
¿Falló la sonata? No. Hizo exactamente lo que debía: mover algo más hondo que
la razón.
Y lo compara también con
una luciérnaga: un cuento brilla, se apaga y vuelve a brillar. Pero si
lo agarramos con una mano que no lo quiere, para obligarlo a decir algo, se
vuelve feo y deja de brillar.
«Y si mi
hijo me pregunta qué significa el cuento?»
MacDonald responde con sencillez:
- Si no sabes qué significa, dilo. No
hay nada más fácil ni más honesto.
- Si tú le ves un sentido, cuéntale lo que ves,
como algo tuyo, no como la única respuesta.
- Y lo más probable es que el niño no pregunte. Los
niños encuentran en el cuento lo que pueden encontrar, y más sería
demasiado.
En Cura-Kuens añadimos una
cuarta respuesta: devuélvele la pregunta. «¿Y a ti qué te pareció?».
Casi siempre, el niño sabe.
¿Y los
kuens wayúu?
En mi investigación de
maestría, el sabedor de Koushatchon nos dijo que los kuens son «más que
relatos, mandamientos»: enseñan a vivir en comunidad. Podría parecer lo
contrario de lo que dice MacDonald, pero no lo es. El mayor wayúu tampoco le
explica el kuens al niño como una lección de escuela: se lo cuenta, y lo
cuenta muchas veces, en la enramada, de noche, a lo largo de los años. El
niño va creciendo dentro del cuento y lo entiende poco a poco. El sentido no se
impone: se va despertando.
Sesión en
la Biblioteca Comuna 10: «Inventa un país con tres reglas»
Para niños de 8 a 11 años ·
1 hora y 15 minutos · de 10 a 16 participantes, en grupos de 3 o 4
Inspirada en las dos ideas
de MacDonald: un mundo inventado tiene leyes que se respetan, y el sentido del
cuento no se explica.
Materiales: la
mochila de los talleres, el ovillo de Wale'kerü, pliegos de papel, marcadores,
una «campanita de la regla rota» (puede ser una tapa de olla y una cuchara) y
las tarjetas del animómetro.
- Abrir la mochila (5
min). Animómetro de entrada. En círculo, cada uno dice una cosa
imposible que le gustaría que pasara en Riohacha.
- Urdir (10 min).
Recordamos las «leyes» de los cuentos que conocemos: Tío Conejo siempre es
astuto, Wale'kerü teje con paciencia, la abuela Carey no hace magia. ¿Qué
pasaría si un día Tío Conejo fuera torpe?
- El cuento (10 min). La
facilitadora cuenta una versión corta de La princesa ligera, de
George MacDonald: una princesa que, por un hechizo, no pesa nada. Flota
como una pluma y se ríe de todo, hasta de lo triste. Solo en el agua del
lago recupera su peso… Al terminar, no se explica nada. Solo se
pregunta: «¿Qué se les quedó?».
- Pasar la trama (10
min). Pasando el ovillo, cada uno dice una palabra o una imagen del
cuento. No hay respuestas correctas.
- Tejer: el país de las tres reglas (20
min). Cada grupo inventa un país cerca de Riohacha (una isla, un
pueblo bajo la arena, un cielo encima del mar) y le escribe tres reglas.
Por ejemplo: «En la isla de los alcatraces, la lluvia cae hacia arriba;
nadie puede decir mentiras porque se le pone la nariz azul; los niños
mandan los domingos». Luego inventan un cuento corto que pase en ese
país.
- El cuento propio (15
min). Cada grupo cuenta su cuento. Los demás escuchan con atención y,
si alguien rompe una de las tres reglas, tocan la campanita: ¡Regla
rota!. El grupo tiene que arreglar el cuento para que vuelva a cumplir
sus leyes.
- Cerrar la mochila (5
min). Animómetro de salida. Los países inventados se pegan en la pared
como un mapa del «Caribe de los cuentos».
Cómo se ve la triada en
esta sesión
|
Dimensión |
Dónde aparece |
|
Aprender escuchando (la
urdimbre) |
El cuento de La
princesa ligera, escuchar con atención los cuentos de los otros grupos
para cuidar sus reglas |
|
Aprender sintiendo (la
trama) |
Lo que «se quedó» del
cuento sin que nadie lo explique, el gusto de inventar, el respeto por el
mundo del otro |
|
Aprender haciendo (la
mochila) |
Inventar el país y sus
reglas, crear el cuento, tocar la campanita, arreglar el cuento, armar el
mapa |
La regla de la
facilitadora: como dice MacDonald, no ladra por el perro. No explica el cuento ni
corrige el sentido que cada niño le encontró.
Para cerrar
MacDonald termina su ensayo
con un deseo sencillo: «Si alguna nota de mi música rota hace brillar los
ojos de un niño, o nubla por un momento los de su madre, mi trabajo no habrá
sido en vano». Ese es también el deseo de Cura-Kuens. No queremos explicar
los cuentos: queremos contarlos tan bien que no haga falta.
¿Alguna vez te pidieron la
moraleja de un cuento y no supiste qué decir? Cuéntamelo en los comentarios.
Referencias
- MacDonald, George. «The Fantastic
Imagination». En A Dish of Orts: Chiefly Papers on the Imagination, and
on Shakspere. Londres: Sampson Low, Marston & Company, 1893.
Publicado antes como introducción a una edición estadounidense de The
Light Princess and Other Fairy Tales. Dominio público.
- MacDonald, George. La princesa ligera (The
Light Princess, 1864). Dominio público.
- Fouqué, Friedrich de la Motte. Ondina (Undine,
1811). Dominio público.
- Arias Noguera, F. y Celedón Simanca, E. C.
(2023). Los Kuens como estrategia de animación lectora en el marco de
la oralidad de la comunidad Wayúu [Tesis de maestría]. Fundación
Universitaria Los Libertadores.

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