domingo, 30 de marzo de 2025

No ladraré por mi perro»: George MacDonald y el sentido de los cuentos

 

Sobre esta entrada. Comenta el ensayo The Fantastic Imagination («La imaginación fantástica») del escritor escocés George MacDonald, escrito como introducción a una edición de La princesa ligera (The Light Princess) y reimpreso en su libro A Dish of Orts (1893). La obra es de dominio público. Las citas son traducción libre de Cura-Kuens a partir del original en inglés; las conexiones con Riohacha y la sesión son propuesta de Cura-Kuens.

Cuando terminamos de contar un cuento, casi siempre aparece alguien que pregunta: «¿Y cuál es la moraleja?». Hace más de cien años, un escritor escocés respondió a esa pregunta con una frase que me encanta: «Mientras crea que mi perro sabe ladrar, no me pondré a ladrar por él». Es decir: si el cuento está bien hecho, habla solo. No hace falta explicarlo.

Quién fue George MacDonald

George MacDonald (1824–1905) fue un escritor y predicador escocés, considerado uno de los padres de la literatura fantástica moderna. Escribió cuentos de hadas como La princesa ligera, La princesa y los trasgos y Al otro lado del viento del norte. Fue amigo de Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas, y sus libros inspiraron después a C. S. Lewis y a J. R. R. Tolkien.

¿Qué es un cuento de hadas?

MacDonald se niega a definirlo. Dice que es como tratar de definir un rostro humano: no se explica, se reconoce. Si alguien le pregunta qué es un cuento de hadas, le responde: «Lee Ondina. Eso es un cuento de hadas». (Ondina es la historia de una ninfa del agua que quiere tener alma, escrita por el alemán Friedrich de la Motte Fouqué, y para MacDonald era el cuento más hermoso que conocía.)

En Riohacha, si alguien nos pregunta qué es un cuento, podríamos responder igual: «Escucha a una abuela contar lo de Tío Conejo en la terraza. Eso es un cuento».

Las leyes del mundo inventado

Para MacDonald, inventar un mundo de cuento es lo más parecido a crear que puede hacer un ser humano. Pero ese mundo tiene una condición: sus leyes deben ser coherentes, y quien lo inventa tiene que respetarlas. Si en un cuento se dice que los animales hablan solo de noche, ningún animal puede hablar al mediodía sin una buena razón. Si el autor rompe sus propias reglas, el que escucha se cae del cuento, como quien pisa una tabla floja.

MacDonald lo dice con una imagen hermosa: la Imaginación es el sastre que corta el vestido, y la Fantasía es la ayudante que lo cose. Y el autor que no respeta las leyes de su mundo «es un necio que arroja piedras en un montón y lo llama iglesia».

Aquí también hay leyes

Los cuentos de nuestra tierra tienen sus propias reglas, y los niños las conocen muy bien:

  • Tío Conejo siempre es astuto y Tío Tigre siempre cae en la trampa. Si un día el conejo fuera torpe, los niños protestarían: «¡Así no es!».
  • Wale'kerü enseña a tejer con paciencia. No hay atajos en su mito.
  • La abuela Carey nunca hace magia y nunca pide guardar secretos. Por eso escribimos su ficha de personaje: para que sea la misma en todos los cuentos. MacDonald estaría de acuerdo.

La ley que no se puede cambiar

Hay, sin embargo, una ley que ningún cuento puede romper: la ley moral. En un cuento puedo inventar que las piedras flotan o que la lluvia cae hacia arriba. Pero, dice MacDonald, sería una crueldad escribir una historia que llame bueno a quien siempre hace el mal, o malo a quien siempre hace el bien. El cuento puede jugar con todo, menos con eso.

El sentido no se explica: se despierta

Esta es la parte del ensayo que más le sirve a la cuentoterapia. MacDonald dice que un cuento no puede carecer de sentido, pero que cada persona encuentra el suyo, según su manera de ser y el momento de su vida. Y eso no es un problema: es la riqueza del cuento.

Cinco ideas suyas, en traducción libre:

«La obra no transmite un significado: lo despierta.»

«Quizá sea mejor que leas tu propio sentido en el cuento. Tu sentido puede ser mejor que el mío.»

«Si mi dibujo necesita que escriba debajo ESTO ES UN CABALLO, es que no es una obra de arte.»

«Lo mejor que puedes hacer por otra persona no es darle cosas en qué pensar, sino despertar las que ya están en ella.»

«Yo no escribo para niños, sino para los que son como niños, tengan cinco, cincuenta o setenta y cinco años.»

MacDonald compara el cuento con una sonata: si tres personas escriben lo que sintieron al escucharla, sus textos se parecerán en el sentimiento, pero no en las ideas. ¿Falló la sonata? No. Hizo exactamente lo que debía: mover algo más hondo que la razón.

Y lo compara también con una luciérnaga: un cuento brilla, se apaga y vuelve a brillar. Pero si lo agarramos con una mano que no lo quiere, para obligarlo a decir algo, se vuelve feo y deja de brillar.

«Y si mi hijo me pregunta qué significa el cuento?»

MacDonald responde con sencillez:

  • Si no sabes qué significa, dilo. No hay nada más fácil ni más honesto.
  • Si tú le ves un sentido, cuéntale lo que ves, como algo tuyo, no como la única respuesta.
  • Y lo más probable es que el niño no pregunte. Los niños encuentran en el cuento lo que pueden encontrar, y más sería demasiado.

En Cura-Kuens añadimos una cuarta respuesta: devuélvele la pregunta. «¿Y a ti qué te pareció?». Casi siempre, el niño sabe.

¿Y los kuens wayúu?

En mi investigación de maestría, el sabedor de Koushatchon nos dijo que los kuens son «más que relatos, mandamientos»: enseñan a vivir en comunidad. Podría parecer lo contrario de lo que dice MacDonald, pero no lo es. El mayor wayúu tampoco le explica el kuens al niño como una lección de escuela: se lo cuenta, y lo cuenta muchas veces, en la enramada, de noche, a lo largo de los años. El niño va creciendo dentro del cuento y lo entiende poco a poco. El sentido no se impone: se va despertando.

Sesión en la Biblioteca Comuna 10: «Inventa un país con tres reglas»

Para niños de 8 a 11 años · 1 hora y 15 minutos · de 10 a 16 participantes, en grupos de 3 o 4

Inspirada en las dos ideas de MacDonald: un mundo inventado tiene leyes que se respetan, y el sentido del cuento no se explica.

Materiales: la mochila de los talleres, el ovillo de Wale'kerü, pliegos de papel, marcadores, una «campanita de la regla rota» (puede ser una tapa de olla y una cuchara) y las tarjetas del animómetro.

  1. Abrir la mochila (5 min). Animómetro de entrada. En círculo, cada uno dice una cosa imposible que le gustaría que pasara en Riohacha.
  2. Urdir (10 min). Recordamos las «leyes» de los cuentos que conocemos: Tío Conejo siempre es astuto, Wale'kerü teje con paciencia, la abuela Carey no hace magia. ¿Qué pasaría si un día Tío Conejo fuera torpe?
  3. El cuento (10 min). La facilitadora cuenta una versión corta de La princesa ligera, de George MacDonald: una princesa que, por un hechizo, no pesa nada. Flota como una pluma y se ríe de todo, hasta de lo triste. Solo en el agua del lago recupera su peso… Al terminar, no se explica nada. Solo se pregunta: «¿Qué se les quedó?».
  4. Pasar la trama (10 min). Pasando el ovillo, cada uno dice una palabra o una imagen del cuento. No hay respuestas correctas.
  5. Tejer: el país de las tres reglas (20 min). Cada grupo inventa un país cerca de Riohacha (una isla, un pueblo bajo la arena, un cielo encima del mar) y le escribe tres reglas. Por ejemplo: «En la isla de los alcatraces, la lluvia cae hacia arriba; nadie puede decir mentiras porque se le pone la nariz azul; los niños mandan los domingos». Luego inventan un cuento corto que pase en ese país.
  6. El cuento propio (15 min). Cada grupo cuenta su cuento. Los demás escuchan con atención y, si alguien rompe una de las tres reglas, tocan la campanita: ¡Regla rota!. El grupo tiene que arreglar el cuento para que vuelva a cumplir sus leyes.
  7. Cerrar la mochila (5 min). Animómetro de salida. Los países inventados se pegan en la pared como un mapa del «Caribe de los cuentos».

Cómo se ve la triada en esta sesión

Dimensión

Dónde aparece

Aprender escuchando (la urdimbre)

El cuento de La princesa ligera, escuchar con atención los cuentos de los otros grupos para cuidar sus reglas

Aprender sintiendo (la trama)

Lo que «se quedó» del cuento sin que nadie lo explique, el gusto de inventar, el respeto por el mundo del otro

Aprender haciendo (la mochila)

Inventar el país y sus reglas, crear el cuento, tocar la campanita, arreglar el cuento, armar el mapa

La regla de la facilitadora: como dice MacDonald, no ladra por el perro. No explica el cuento ni corrige el sentido que cada niño le encontró.

Para cerrar

MacDonald termina su ensayo con un deseo sencillo: «Si alguna nota de mi música rota hace brillar los ojos de un niño, o nubla por un momento los de su madre, mi trabajo no habrá sido en vano». Ese es también el deseo de Cura-Kuens. No queremos explicar los cuentos: queremos contarlos tan bien que no haga falta.

¿Alguna vez te pidieron la moraleja de un cuento y no supiste qué decir? Cuéntamelo en los comentarios.

Referencias

  • MacDonald, George. «The Fantastic Imagination». En A Dish of Orts: Chiefly Papers on the Imagination, and on Shakspere. Londres: Sampson Low, Marston & Company, 1893. Publicado antes como introducción a una edición estadounidense de The Light Princess and Other Fairy Tales. Dominio público.
  • MacDonald, George. La princesa ligera (The Light Princess, 1864). Dominio público.
  • Fouqué, Friedrich de la Motte. Ondina (Undine, 1811). Dominio público.
  • Arias Noguera, F. y Celedón Simanca, E. C. (2023). Los Kuens como estrategia de animación lectora en el marco de la oralidad de la comunidad Wayúu [Tesis de maestría]. Fundación Universitaria Los Libertadores.

 

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