Sobre esta entrada. Adapta un texto traducido de la escuela polaca de cuentos terapéuticos (bajkoterapia), sin autoría consignada, que explica cómo ayudan los cuentos con las emociones difíciles. El cuento del cangrejito, la sesión y las conexiones con Riohacha son propuesta de Cura-Kuens.
En Riohacha todos sabemos
lo que pasa cuando se va la luz. El ventilador se detiene, el calor se queda
quieto y la casa se pone oscura de golpe. Los grandes buscan la vela o la
linterna del celular. Y algunos niños se quedan muy quietos, con el corazón
acelerado, mirando las sombras que parecen moverse en la pared.
El miedo a la oscuridad es
uno de los más comunes entre los cuatro y los seis años. No es una maña ni una
exageración: es parte de crecer. Lo mismo pasa con otras emociones fuertes,
como la rabia, los celos o la tristeza. Los cuentos terapéuticos son una forma
de acompañar al niño en esos momentos sin señalarlo, sin regañarlo y sin
hacerlo sentir culpable.
Tres
tipos de cuentos que ayudan
La escuela polaca, con la
psicóloga Maria Molicka, distingue tres clases de cuentos terapéuticos. Cada
uno sirve para algo distinto:
|
Tipo |
Para qué sirve |
Cómo es |
Un ejemplo en Riohacha |
|
De relajación |
Bajar la tensión, calmar,
ayudar a descansar |
Imágenes bellas de la
naturaleza, un clima cálido, poca acción, muchos sentidos |
Un niño que se acuesta en
la arena tibia de la playa al atardecer y escucha cómo el mar respira
despacio |
|
Psicoeducativo |
Mostrar que otros viven
el mismo problema y enseñar formas de salir adelante |
Un protagonista parecido
al niño que busca soluciones paso a paso |
Un alcatraz joven que no
se atreve a lanzarse al agua y aprende mirando a los pescadores del muelle |
|
Psicoterapéutico |
Acompañar las emociones
difíciles y devolver la sensación de seguridad |
Una historia más larga
que nombra los sentimientos y muestra que no quitan el cariño |
Una iguana que se pone
furiosa cuando llega un hermanito al nido y descubre que su mamá la sigue
queriendo |
El texto original recuerda
algo importante: hasta los seis años, más o menos, el pensamiento mágico es
natural en los niños. Por eso aceptan sin problema que un cangrejo hable o
que una ceiba guarde secretos. En esa mezcla de realidad y fantasía se sienten
en casa.
¿Por qué
funcionan?
1. Porque
miran el problema desde lejos
El cuento no habla del
niño: habla de un cangrejo, de una iguana, de otra niña. Esa distancia es su
fuerza. Como nadie le está preguntando directamente por lo que le pasa, el niño
puede escuchar tranquilo, sin la vergüenza ni el miedo que siente cuando un
adulto le pregunta «¿y tú por qué te pones así?». Los símbolos y las metáforas
le permiten mirar lo difícil sin que se sienta como una amenaza.
2. Porque
enseñan que no estamos solos
Al escuchar el cuento, el
niño descubre que a otros también les pasa: que otros tienen miedo de quedarse
en el jardín, que a otros los dejan por fuera del juego, que otros temen a la
oscuridad. Saberlo alivia. El niño deja de esconderse en la vergüenza y empieza
a recuperar la confianza en sí mismo.
3. Porque
dicen que sentir no es malo
Este es quizá el punto más
valioso del texto. Muchos niños creen que son «malos» porque sienten rabia o
celos. Y esa culpa los deja atascados: si «yo no soy bueno», ¿cómo voy a
cambiar?
El cuento puede mostrar que
cada emoción tiene una función. La rabia, por ejemplo, que tantas veces
se regaña, sirve para defenderse:
- cuando un niño más grande le quita la cometa
en la playa;
- cuando se burlan de él en el recreo;
- cuando alguien no respeta su turno o sus
cosas.
Lo que se enseña no es a
dejar de sentir, sino a separar la emoción de lo que hacemos con ella.
Sentir rabia está bien; pegar no. Y el cuento le deja al niño un mensaje que
necesita oír: sentir esto no te quita el cariño de mamá, de papá o de la
abuela.
4. Porque
el niño encuentra su propia salida
Los héroes de estos cuentos
resuelven el problema por sí mismos. Pedir ayuda a un adulto también cuenta
como resolverlo. El niño que escucha a veces toma la idea del cuento tal cual,
pero casi siempre la transforma y la ajusta a lo que necesita. Así no siente
que la solución le viene impuesta: la descubrió él.
Un cuento
para la noche sin luz
Cuento psicoeducativo de
Cura-Kuens para niños de 4 a 7 años. Tiempo de lectura: unos 6 minutos.
El
cangrejito que le tenía miedo a la noche
En la playa de Riohacha,
cerca del muelle, vivía un cangrejito de patas amarillas llamado Pinzote. De
día era el más valiente de la arena: corría de lado más rápido que nadie, se
escondía en su hueco cuando pasaban los perros y salía otra vez con las pinzas
en alto, como diciendo «¡aquí estoy yo!».
Pero cuando se apagaban las
luces del malecón, Pinzote se metía en su hueco y no quería salir. La oscuridad
le parecía enorme. Las olas sonaban más fuerte. Y las sombras de las palmeras
se movían como si tuvieran brazos.
—No es que yo tenga miedo
—les decía a sus primos—. Es que… tengo sueño temprano.
Pero no era sueño. Era
miedo. Y a Pinzote le daba vergüenza decirlo, porque pensaba que un cangrejo de
pinzas tan grandes no debía asustarse.
Una noche, el viento sopló
tan fuerte que todas las luces del malecón se apagaron de golpe. Pinzote se
quedó temblando dentro de su hueco, con el corazón haciendo tuc-tuc-tuc.
Entonces oyó una voz lenta
y tranquila:
—¿Quién está temblando
tanto que hace temblar la arena?
Era la abuela Carey, una
tortuga vieja que volvía cada año a esa playa.
—Soy yo —dijo Pinzote,
bajito—. Es que… la oscuridad me da miedo. Pero no le digas a nadie.
La abuela Carey se acomodó
en la arena, despacito, como hacen las tortugas.
—Yo también le tuve miedo a
la noche cuando era pequeña —le dijo—. Y te voy a contar un secreto: el miedo
no es malo. El miedo es como un guardián que te cuida. Solo que a veces se pone
demasiado nervioso.
—¿Y cómo se calma un
guardián nervioso? —preguntó Pinzote.
—Enseñándole lo que hay en
la noche. Asoma solo los ojos. Mira hacia arriba.
Pinzote asomó los ojitos,
que en los cangrejos son como dos palitos con bolitas. Y vio el cielo lleno de
estrellas, muchísimas más de las que se veían cuando las luces del malecón
estaban prendidas.
—Ahora escucha —dijo la
abuela.
Pinzote escuchó. Las olas
ya no sonaban como un monstruo, sino como alguien que respira despacio. Shhh…
aaah… shhh… aaah.
—Y ahora siente.
Pinzote sintió la arena
todavía tibia del sol de la tarde y la brisa que le acariciaba las pinzas.
—La noche no se lleva las
cosas —dijo la abuela Carey—. Solo las tapa con una manta oscura. Las palmeras
siguen ahí. El mar sigue ahí. Tus primos siguen ahí. Y tú también.
Pinzote respiró hondo, al
ritmo de las olas. El tuc-tuc-tuc de su corazón se fue poniendo más
lento.
—Abuela —dijo—, ¿y si
mañana me vuelve a dar miedo?
—Entonces haces lo mismo:
miras, escuchas, sientes. Y si el guardián sigue nervioso, me llamas. O llamas
a tu mamá. Pedir compañía también es de valientes.
A la noche siguiente,
cuando se apagaron las luces, Pinzote no se escondió. Bueno, se escondió un
poquito, solo hasta la mitad. Asomó los ojos, miró las estrellas, escuchó el
mar y sintió la arena tibia. Y luego llamó a sus primos:
—¡Vengan! ¡Les voy a
enseñar un secreto de la noche!
Y desde entonces, en esa playa
de Riohacha, los cangrejitos tienen una costumbre: cuando se va la luz, salen a
contar estrellas.
Sesión en
la Biblioteca Comuna 10: «Cuando se va la luz»
Para niños de 4 a 7 años ·
1 hora · de 8 a 12 participantes, con sus familias si es posible
Materiales: la
mochila de los talleres, el ovillo de Wale'kerü, una tela oscura grande,
linternas pequeñas o velas LED, estrellas de papel, un caracol de mar, hojas
negras y tiza o colores claros.
- Abrir la mochila (5
min). En círculo, cada niño dice su nombre y algo que se oye en su
casa cuando se va la luz: el perro, la vecina, el mar, el silencio.
- Urdir (5 min). Conversamos
sin presionar: «¿Qué hacemos en la casa cuando se va la luz?». Nadie tiene
que decir si tiene miedo.
- El cuento (8 min). Se
baja la luz del salón y se cuenta El cangrejito que le tenía miedo a la
noche, con el caracol en la mano para que suene el mar.
- Pasar la trama (7
min). Pasando el ovillo, cada niño dice qué parte le gustó o qué
sintió Pinzote. Hablamos del personaje, no del niño.
- Tejer: el juego de Pinzote (15
min). Con la tela oscura sobre las cabezas, como una noche,
practicamos los tres secretos de la abuela Carey: mirar (las
estrellas de papel iluminadas con linterna), escuchar (el caracol y
la respiración de las olas: shhh… aaah…) y sentir (las manos
sobre la barriga, respirando despacio).
- El cuento propio (15
min). En hojas negras, cada niño dibuja con tiza lo que hay en su
noche: las estrellas, su casa, su familia, su guardián.
- Cerrar la mochila (5
min). Cada uno se lleva una estrella de papel para pegar cerca de su
cama.
Cómo se ve la triada en
esta sesión
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Dimensión |
Dónde aparece |
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Aprender escuchando (la
urdimbre) |
El cuento, la voz de la
abuela Carey, el sonido del caracol, lo que se oye en casa cuando se va la
luz |
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Aprender sintiendo (la
trama) |
Nombrar el miedo sin
vergüenza, entender que el miedo es un guardián, la respiración tranquila |
|
Aprender haciendo (la
mochila) |
El juego bajo la tela,
las linternas, el dibujo en hoja negra, la estrella para la casa |
Cinco
consejos para las familias
- Acerquémonos a su mundo. Miremos
la situación con ojos de niño, sin explicaciones de adulto («eso no da
miedo», «ya estás grande»).
- Leamos juntos y dibujemos después.
Muchas veces, mientras dibuja, el niño empieza a hablar solo de lo que le
pasa.
- Miremos su cara mientras escucha. Si
está atento, si se ríe, si pide que repitamos, el cuento está llegando. Si
se aburre o se aleja, quizá no es el cuento que necesita ahora.
- Repitamos cuando lo pida. Los
cuentos que el niño quiere oír una y otra vez son los que más le están
sirviendo.
- No reemplacemos la compañía. El
cuento no sustituye el abrazo ni la conversación. Si el miedo no lo deja
dormir durante semanas, consultemos con un profesional.
Para
cerrar
Un cuento terapéutico es
como un espejo amable: le muestra al niño sus propios sentimientos, pero desde
lejos y con cariño. Le dice que no está solo, que sentir no es malo y que
siempre hay una salida. Y cuando lo contamos en la hamaca, en la mecedora o a
la luz de una vela en una noche sin luz, también le decimos algo más: aquí
estoy contigo.
¿Qué hacen en tu casa
cuando se va la luz? Cuéntamelo en los comentarios. Si quieres el cuento de
Pinzote para leerlo con tus hijos o tus estudiantes, escríbeme.
Referencias
- Molicka, Maria. Bajki terapeutyczne
[Cuentos terapéuticos]. Poznań: Media Rodzina, 1999.
- Molicka, Maria. Bajkoterapia: o lękach
dzieci i nowej metodzie terapii [Bajkoterapia: sobre los miedos de los
niños y un nuevo método de terapia]. Poznań: Media Rodzina, 2002.
- Texto de origen: artículo polaco sobre cuentos
terapéuticos, recibido en traducción, sin autoría consignada.
- Celedón, Ella / Cura-Kuens. El cangrejito
que le tenía miedo a la noche (cuento original).

