Un mismo aguacero, tres cuentos
distintos
El cuento y la realidad son dos maneras de mirar la
vida.
La realidad es mirar lo que pasa como una
serie de hechos, lo más objetivos posible. El cuento es otra cosa: es la
interpretación que cada quien hace de lo que pasa, con la imaginación
encendida. Así se arma una historia completa y llena de emoción, bonita o
aterradora, sobre la vida, sobre una persona o sobre una situación. Cuando a la
imagen le faltan piezas, la mente las busca, las piensa o se las inventa. Por
eso, frente a un mismo hecho, cada persona cuenta un cuento diferente.
Piensa en una tarde de aguacero en Riohacha, de
esas que llegan pocas veces al año:
- Para Luisito, «se dañó el paseo a la playa, todo me sale mal».
- Para su prima Yeimy, «¡se llenaron los charcos para los
barquitos de papel!».
- Para la abuela, desde la mecedora, «llegó el invierno: mañana se
siembra».
El hecho es el mismo: llovió. Lo que cambia es el
cuento que cada uno se cuenta.
¿De dónde salen esos cuentos? De la cultura de
nuestro territorio y de nuestra familia: de los hábitos, las tradiciones, las
emociones y el ánimo del momento. Pero no todo está decidido de antemano. Con
el tiempo, cada persona puede escoger en qué cuento quiere vivir.
El cuento de las canicas
Para un niño, las canicas valen lo que para un
adulto el oro o los diamantes. Ganarse una sola ya es suerte y alegría.
Una mañana en la escuela de la Calle Segunda, Jesús
tuvo un recreo milagroso. Debajo del almendro, tiro tras tiro, le ganó a todo
el salón: las aguadas, las de colores, hasta la canica azul de Camilo, que era
la más bonita de todas. Volvió al aula con los bolsillos tan llenos que sonaba
al caminar.
Esa tarde, cada quien se contó un cuento distinto.
Jesús se contó: «Soy el mejor del mundo». Pero al
día siguiente nadie quiso jugar con él, y las canicas pesaban en el bolsillo
sin nadie con quien rodarlas.
Camilo se contó: «Yo nunca gano nada». Y no quiso
volver al almendro.
La seño, que lo había visto todo, se sentó con los
dos y les preguntó qué otro cuento se podía contar. Jesús lo pensó un rato y
sacó la canica azul. «Esta te la devuelvo», le dijo a Camilo. «Y si quieres,
mañana te enseño cómo tiro.»
Desde ese día, el cuento de aquel recreo ya no fue
«el día que Jesús ganó todo», sino «el día que empezamos a jugar juntos».
Escoger el cuento de vida
Mirar la vida como cuento es natural en las
personas. Se puede decir que vivimos dentro de nuestros cuentos casi todo el
tiempo. Describir los hechos tal como son es más difícil y requiere práctica.
Por eso vale la pena aprender a escoger el cuento
de vida que nos ayuda. Casi siempre es el que mira hacia adelante, el que deja
una puerta abierta y el que no nos deja solos. Si el cuento que nos contamos es
más rico y más hermoso que los puros hechos, y nos ayuda a vivir mejor, es
natural quedarnos en él.
Cuando el cuento duele, se vuelve
a los hechos
A veces el cuento que nos contamos es negativo y
nos lastima por dentro: «nadie me quiere», «todo me sale mal», «yo no sirvo».
Entonces ayuda volver a la realidad y preguntarse con calma qué fue lo que de
verdad pasó. Muchas veces el hecho resulta más pequeño que el cuento que
armamos con él.
Pero hay algo que en Cura-Kuens tenemos muy claro. Las
experiencias graves no se arreglan cambiando el cuento. Una humillación
repetida, el maltrato o cualquier forma de abuso nunca son «hechos de menor
importancia». Lo que un niño necesita en esos casos es que un adulto le crea,
lo proteja y busque ayuda. Si un niño está en riesgo, se llama a la Línea
141 del ICBF o al 123. Para las mujeres existe la Línea 155.
Taller: «Dos cuentos para un
mismo día»
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Dimensión |
Qué hacemos |
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Escuchar (urdimbre) |
Contamos el cuento de las canicas y escuchamos
cómo lo vivió cada personaje: Jesús, Camilo, la seño. |
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Sentir (trama) |
Cada niño recuerda un día que «se le dañó» y le
pone nombre a la emoción con el animómetro. |
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Hacer (mochila) |
Doblamos una hoja en dos. A un lado dibujamos el
cuento triste de ese día; al otro, otro cuento posible del mismo día. Cada
niño escoge cuál guarda en la mochila. |
No se obliga a nadie a cambiar su cuento. El
ejercicio solo muestra que existe más de una manera de contarlo.
Consejo de la abuela Carey: «Lo que
pasó, pasó, mija. Pero cómo lo cuentas lo decides tú. Yo he cargado mi casa en
la espalda cien años, y no la cuento como un peso: la cuento como mi techo.»

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