lunes, 30 de septiembre de 2024

El cuento que nos contamos: cuento y realidad, dos maneras de mirar la vida


Un mismo aguacero, tres cuentos distintos

El cuento y la realidad son dos maneras de mirar la vida.

La realidad es mirar lo que pasa como una serie de hechos, lo más objetivos posible. El cuento es otra cosa: es la interpretación que cada quien hace de lo que pasa, con la imaginación encendida. Así se arma una historia completa y llena de emoción, bonita o aterradora, sobre la vida, sobre una persona o sobre una situación. Cuando a la imagen le faltan piezas, la mente las busca, las piensa o se las inventa. Por eso, frente a un mismo hecho, cada persona cuenta un cuento diferente.

Piensa en una tarde de aguacero en Riohacha, de esas que llegan pocas veces al año:

  • Para Luisito, «se dañó el paseo a la playa, todo me sale mal».
  • Para su prima Yeimy, «¡se llenaron los charcos para los barquitos de papel!».
  • Para la abuela, desde la mecedora, «llegó el invierno: mañana se siembra».

El hecho es el mismo: llovió. Lo que cambia es el cuento que cada uno se cuenta.

¿De dónde salen esos cuentos? De la cultura de nuestro territorio y de nuestra familia: de los hábitos, las tradiciones, las emociones y el ánimo del momento. Pero no todo está decidido de antemano. Con el tiempo, cada persona puede escoger en qué cuento quiere vivir.

El cuento de las canicas

Para un niño, las canicas valen lo que para un adulto el oro o los diamantes. Ganarse una sola ya es suerte y alegría.

Una mañana en la escuela de la Calle Segunda, Jesús tuvo un recreo milagroso. Debajo del almendro, tiro tras tiro, le ganó a todo el salón: las aguadas, las de colores, hasta la canica azul de Camilo, que era la más bonita de todas. Volvió al aula con los bolsillos tan llenos que sonaba al caminar.

Esa tarde, cada quien se contó un cuento distinto.

Jesús se contó: «Soy el mejor del mundo». Pero al día siguiente nadie quiso jugar con él, y las canicas pesaban en el bolsillo sin nadie con quien rodarlas.

Camilo se contó: «Yo nunca gano nada». Y no quiso volver al almendro.

La seño, que lo había visto todo, se sentó con los dos y les preguntó qué otro cuento se podía contar. Jesús lo pensó un rato y sacó la canica azul. «Esta te la devuelvo», le dijo a Camilo. «Y si quieres, mañana te enseño cómo tiro.»

Desde ese día, el cuento de aquel recreo ya no fue «el día que Jesús ganó todo», sino «el día que empezamos a jugar juntos».

Escoger el cuento de vida

Mirar la vida como cuento es natural en las personas. Se puede decir que vivimos dentro de nuestros cuentos casi todo el tiempo. Describir los hechos tal como son es más difícil y requiere práctica.

Por eso vale la pena aprender a escoger el cuento de vida que nos ayuda. Casi siempre es el que mira hacia adelante, el que deja una puerta abierta y el que no nos deja solos. Si el cuento que nos contamos es más rico y más hermoso que los puros hechos, y nos ayuda a vivir mejor, es natural quedarnos en él.

Cuando el cuento duele, se vuelve a los hechos

A veces el cuento que nos contamos es negativo y nos lastima por dentro: «nadie me quiere», «todo me sale mal», «yo no sirvo». Entonces ayuda volver a la realidad y preguntarse con calma qué fue lo que de verdad pasó. Muchas veces el hecho resulta más pequeño que el cuento que armamos con él.

Pero hay algo que en Cura-Kuens tenemos muy claro. Las experiencias graves no se arreglan cambiando el cuento. Una humillación repetida, el maltrato o cualquier forma de abuso nunca son «hechos de menor importancia». Lo que un niño necesita en esos casos es que un adulto le crea, lo proteja y busque ayuda. Si un niño está en riesgo, se llama a la Línea 141 del ICBF o al 123. Para las mujeres existe la Línea 155.

Taller: «Dos cuentos para un mismo día»

Dimensión

Qué hacemos

Escuchar (urdimbre)

Contamos el cuento de las canicas y escuchamos cómo lo vivió cada personaje: Jesús, Camilo, la seño.

Sentir (trama)

Cada niño recuerda un día que «se le dañó» y le pone nombre a la emoción con el animómetro.

Hacer (mochila)

Doblamos una hoja en dos. A un lado dibujamos el cuento triste de ese día; al otro, otro cuento posible del mismo día. Cada niño escoge cuál guarda en la mochila.

No se obliga a nadie a cambiar su cuento. El ejercicio solo muestra que existe más de una manera de contarlo.

Consejo de la abuela Carey: «Lo que pasó, pasó, mija. Pero cómo lo cuentas lo decides tú. Yo he cargado mi casa en la espalda cien años, y no la cuento como un peso: la cuento como mi techo.»

 

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