sábado, 28 de febrero de 2026

Del sueño al cuento: cómo la psicología leyó los cuentos de hadas, y lo que dicen los mayores de Riohacha

 

Sobre esta entrada. Reúne y adapta dos textos traducidos de la escuela balcánica y centroeuropea de estudio de los cuentos: una historia de cómo la psicología ha interpretado los cuentos de hadas y una guía breve sobre los cuentos terapéuticos. Las conexiones con Riohacha y La Guajira y la sesión para la biblioteca son propuesta de Cura-Kuens.

Si le preguntas a una abuela de Riohacha cuál fue el primer cuento que le contaron, quizá te hable de Tío Conejo y Tío Tigre, de un aparecido que salía por la playa en las noches sin luna o de lo que se oía contar en el patio, en la mecedora, mientras se esperaba la brisa. Si le preguntas a su nieto, puede que diga Caperucita Roja. El cuento que nos llega primero dice mucho de quiénes somos y de dónde venimos.

Desde hace más de cien años, médicos, psicólogos y estudiosos se han preguntado por qué los cuentos nos tocan tanto. Cada uno los leyó a su manera. En esta entrada te cuento ese recorrido en palabras sencillas, y al final te propongo cómo llevarlo a una biblioteca de nuestra ciudad sin olvidar lo más importante: el cuento es del que lo escucha.

Los primeros: los cuentos como sueños contados

A finales del siglo XIX, el estudioso alemán Ludwig Laistner propuso que muchos mitos y leyendas nacieron de las pesadillas: de esos sueños en los que algo nos persigue o nos aplasta el pecho. Poco después, Friedrich von der Leyen fue más lejos y dijo que los cuentos de hadas son, en el fondo, sueños contados. Como prueba señaló que en los cuentos aparecen los mismos motivos que en los sueños:

  • tareas que nunca se acaban o que parecen imposibles;
  • huidas de monstruos;
  • transformaciones extrañas;
  • viajes a otros mundos;
  • animales que hablan y piensan como personas.

El psicólogo Wilhelm Wundt, pionero de lo que llamó «psicología de los pueblos», pensaba que el cuento es una de las formas más antiguas de narrar. Para él, la mente de los pueblos antiguos no era distinta de la nuestra: simplemente la usaban de otra manera. Estudiar cuentos y mitos, creía, era una forma de llegar al alma de las personas.

En La Guajira, el sueño también habla

Para el pueblo wayúu, los sueños no son un asunto menor. El sueño, Lapü, se entiende como un mensajero: puede avisar, aconsejar o pedir algo, y en muchas familias se conversa sobre lo soñado al amanecer. El antropólogo Michel Perrin, que trabajó durante años en La Guajira, dedicó libros enteros a esta relación entre sueño, mito y vida diaria.

Así que cuando von der Leyen decía que los cuentos son sueños contados, estaba diciendo algo que los mayores de esta tierra ya sabían a su manera. Pero aquí hay que ir con respeto: el sentido de un sueño wayúu lo dan las personas de esa cultura, sus mayores y sus autoridades tradicionales, no un libro europeo ni una facilitadora de talleres. Reconocemos ese saber; no lo interpretamos por ellos.

Freud, Jung y sus seguidores

Con el psicoanálisis cambió la pregunta. Ya no se trataba solo de dónde venían los cuentos, sino de qué dicen de lo que llevamos por dentro.

Sigmund Freud no estudió los cuentos a fondo, pero pensó que su lenguaje es simbólico y que, bien leídos, muestran los miedos, deseos y conflictos más escondidos de las personas. Sus seguidores sí se dedicaron a ellos:

  • Franz Riklin vio en los cuentos deseos que se cumplen, como en los sueños.
  • Karl Abraham y Herbert Silberer buscaron en ellos los impulsos y conflictos de la infancia.
  • Otto Rank estudió la figura del héroe y pensó que el cuento y el sueño son dos caminos paralelos que siguen las mismas leyes de la mente.
  • Erich Fromm, en El lenguaje olvidado, leyó Caperucita Roja como un relato sobre el paso de la niñez a la adolescencia y sobre los peligros que una joven encuentra en ese camino.

Carl Gustav Jung miró los cuentos de otra forma. Para él eran un tesoro de arquetipos: imágenes que compartimos todos los seres humanos, como el sabio, la madre, la sombra, el bosque, el agua o la cueva. Jung usó un método que llamó amplificación: tomar una imagen del cuento y rodearla de todo lo que otros mitos, leyendas y símbolos dicen sobre ella, hasta que su sentido se vuelve claro. Para Jung, los cuentos muestran el camino que recorre cada persona para llegar a ser ella misma.

Su discípulo Erich Neumann estudió mitos antiguos como Amor y Psique y sostuvo que el camino de cada persona repite, en pequeño, el camino de toda la humanidad.

Marie-Louise von Franz, también junguiana, escribió uno de los libros más leídos sobre el tema: La interpretación de los cuentos de hadas.

Una advertencia que vale oro

El texto original cita a un estudioso que lo dice con humor: el psicoanalista encuentra en todos los cuentos un motivo sexual, y el conductista encuentra una lección de aprendizaje. «Si partimos del árbol, demostraremos fácilmente que todo motivo mítico lleva al árbol del mundo. Si partimos del sol, probaremos que todo es un motivo solar.»

Es decir: quien busca con un solo lente, encuentra siempre lo mismo. Por eso en Cura-Kuens no le ponemos al cuento una sola explicación, y mucho menos se la imponemos al niño.

Los que pensaron en los niños

Más adelante, algunos estudiosos se preguntaron qué hacen los cuentos en la vida de los niños de verdad, no solo en la teoría.

Un estudio de veinte años. Según el texto original, el psiquiatra alemán Wittgenstein (no el filósofo) preguntó durante veinte años a más de quinientas personas —pacientes, amigos, colegas y estudiantes— cuál era el primer cuento que les venía a la mente. El más nombrado fue Caperucita Roja. Él mismo reconoció que la respuesta dice más de quien responde que del cuento, y concluyó que este cuento prepara a los niños para los peligros del mundo sin asustarlos de más: es mejor estar avisado que desprotegido.

Un cuento para cada edad. El psiquiatra Julius Heuscher estudió los cuentos según las etapas del desarrollo. Para él, Hansel y Gretel acompaña la etapa en que el niño empieza a separarse de la madre; Caperucita Roja, la de los primeros años escolares; y La Bella Durmiente, la espera tranquila antes de la adolescencia.

Bruno Bettelheim, autor de Psicoanálisis de los cuentos de hadas, es quizá el más conocido. Pensaba que los cuentos ayudan al niño a poner orden en su mundo interior, a enfrentar el miedo a crecer y a separarse de los padres. Y dejó una idea que en Cura-Kuens tomamos como regla: el cuento no se explica. El niño descubre su sentido por sí mismo, con su intuición y su imaginación, del mismo modo que va resolviendo sus propias tormentas.

El mito y el cuento

Bettelheim también comparó el mito con el cuento. Para él, el mito es el padre del cuento: los dos hablan con símbolos. La diferencia está en el tono:

El mito

El cuento

Tono

Suele ser grave, a veces trágico

Es optimista: siempre se abre una salida

Protagonista

Un dios o un héroe fuera de lo común

Una persona sencilla, a veces el más pequeño

Qué forma

Las normas, lo que se debe hacer

A la persona entera

En Riohacha convivimos con los dos. Los mitos wayúu, como el de Wale'kerü, la araña que enseñó a tejer, hablan del origen y de lo sagrado. Los cuentos del Caribe, como los de Tío Conejo y Tío Tigre, hablan de cómo el pequeño y astuto sale adelante. Un taller de cuentoterapia puede abrazar ambos, sabiendo que cada uno pide un trato distinto: el mito se recibe con respeto y se cuenta como lo cuentan sus dueños; el cuento se puede jugar, cambiar y reinventar.

El cuento de siempre y el cuento terapéutico

Casi todos guardamos un cuento de la infancia. En Eslovaquia, cuenta el segundo texto, muchas familias no imaginan la Navidad sin ver Mrazik o Tres nueces para Cenicienta. Aquí, muchos no imaginan las noches de diciembre sin las historias de aparecidos y encantos que contaban los mayores en el patio. Esos cuentos no son solo entretenimiento: guardan lecciones, enseñan a entender a los demás y transmiten valores.

Los cuentos de siempre ayudan a desarrollar la imaginación y la empatía: el niño se pone en el lugar del protagonista, sufre con sus pérdidas y se alegra con sus triunfos. Y una de sus tareas más importantes es ayudar a vencer los miedos.

El cuento terapéutico va un paso más allá: se escribe o se elige a la medida de una situación concreta (un miedo, una mudanza, una pérdida, la llegada de un hermanito, problemas en la escuela). Su protagonista vive algo parecido a lo que vive el niño, recibe ayuda de otros personajes y va encontrando formas de salir adelante. Al escucharlo, el niño aprende esos caminos y los hace suyos.

Una precisión importante. El texto original dice que muchos cuentos terapéuticos no tienen final feliz. Otras escuelas, como la polaca de Maria Molicka, piden lo contrario: que el cuento termine bien. En Cura-Kuens lo entendemos así: el cuento no tiene que acabar en «fueron felices para siempre», pero sí debe dejar una puerta abierta, una salida posible, una esperanza.

Ocho consejos para trabajar con cuentos en casa

  1. Elige un cuento parecido a lo que está viviendo tu hijo, la situación o el problema de ahora.
  2. Habla con él de lo que sienten los personajes y de lo que pasa en el cuento, sin preguntarle directamente por su propio problema.
  3. El cuento no reemplaza la conversación. Es una puerta para entrar al corazón del niño; lo que viene después también importa.
  4. Si no encuentras el cuento, invéntalo. Dale al protagonista una edad y una situación parecidas a las de tu hijo, pero no su nombre ni su apariencia, para que no se sienta señalado. Puede ser un alcatraz del muelle, una tortuga carey o un niño que vende bollos en la playa.
  5. No uses el cuento para regañar ni para dar sermones. El efecto puede ser el contrario.
  6. Mejor cuéntalo que leerlo. Con tu voz, en la hamaca, el chinchorro o la mecedora, mirándolo a los ojos.
  7. Fíjate en cómo reacciona: qué le da risa, qué lo asusta, qué te pide que repitas.
  8. Si tienes dudas, busca ayuda. Cuando el problema es grande (un duelo, un maltrato, un miedo que no lo deja dormir), un cuento no basta: acude a un psicólogo, a la orientadora de la escuela o, si hay riesgo, a la Línea 141 del ICBF.

Lo que Cura-Kuens toma de este recorrido

De cien años de estudios, nos quedamos con cuatro hilos:

  • De von der Leyen y de los mayores wayúu: el cuento y el sueño son parientes. Los dos hablan con imágenes.
  • De Jung: la amplificación. Pero no la hacemos con libros de psicología, sino con la palabra mayor: lo que la abuela, la tejedora, el pescador o una canción dicen sobre una imagen.
  • De Bettelheim: el cuento no se explica. El sentido lo encuentra el niño.
  • De la advertencia del árbol y el sol: ninguna teoría tiene la última palabra. Escuchamos antes de interpretar.

Sesión en la Biblioteca Comuna 10: «El primer cuento que llega»

Para niños de 7 a 11 años, con un familiar invitado · 1 hora y 15 minutos · de 10 a 15 participantes

Inspirada en la pregunta del estudio de los veinte años, pero convertida en un juego de memoria, no en una prueba.

Materiales: la mochila de los talleres, el ovillo de Wale'kerü, tiras de tela o de papel de colores, marcadores, hojas, colores y una cuerda.

  1. Abrir la mochila (5 min). En círculo, cada uno dice su nombre y quién le contaba cuentos cuando era más pequeño.
  2. Urdir (10 min). La facilitadora pregunta: «¿Cuál es el primer cuento que te llega a la cabeza?». Cada niño y cada familiar escribe el título en una tira y la amarra a la cuerda. Al final miramos: ¿cuántos cuentos son de aquí y cuántos de lejos?
  3. El cuento (10 min). El familiar invitado o una abuela narradora cuenta el primer cuento que él o ella recuerda de su infancia en Riohacha.
  4. Pasar la trama (10 min). Pasando el ovillo, cada niño dice qué imagen del cuento se le quedó: el mar, el conejo, la noche, el camino.
  5. Tejer: amplificar con la palabra mayor (20 min). El grupo escoge una imagen, por ejemplo el mar. Entre todos reunimos lo que sabemos de ella: qué dice la abuela del mar, qué canción lo nombra, qué cuento lo tiene, qué se sueña con él. Así el símbolo se llena de sentidos sin que nadie le imponga uno solo.
  6. El cuento propio (15 min). Cada niño dibuja la imagen que escogió y le pone una frase: «Para mí, el mar es…».
  7. Cerrar la mochila (5 min). Una palabra para llevarse. Y una tarea para la casa: preguntarle a alguien de la familia cuál fue el primer cuento que le contaron, y traerlo la próxima vez.

Cómo se ve la triada en esta sesión

Dimensión

Dónde aparece

Aprender escuchando (la urdimbre)

El cuento del familiar o de la abuela, la memoria de quién nos contaba cuentos, la tarea de preguntar en casa

Aprender sintiendo (la trama)

La imagen que «se me quedó», el respeto por el cuento de cada familia, la emoción de reconocer un cuento de aquí

Aprender haciendo (la mochila)

Escribir y amarrar las tiras, amplificar la imagen entre todos, dibujar y escribir la frase propia

Un cuidado. No interpretamos lo que los niños dibujan ni lo que dicen de sus cuentos. Si un niño cuenta algo que preocupa, la facilitadora lo escucha con calma, no hace preguntas delante del grupo y sigue la ruta del protocolo de la biblioteca.

Para cerrar

Cada escuela leyó los cuentos con sus propios ojos: como sueños, como deseos escondidos, como arquetipos, como mapas para crecer. Todas tienen algo de razón, y ninguna tiene toda la razón. En Riohacha añadimos una mirada más: la de los mayores que cuentan y la de los niños que escuchan. Al final, el mejor intérprete de un cuento es quien lo necesita.

¿Cuál fue el primer cuento que te contaron? Déjalo en los comentarios. Si trabajas en una biblioteca o una escuela de La Guajira y quieres hacer esta sesión con tu grupo, escríbeme.

Referencias

  • Apuleyo. El asno de oro (incluye el relato de Amor y Psique).
  • Bastian, Adolf. Contribuciones a la psicología comparada. Berlín, 1868.
  • Beit, Hedwig von. Symbolik des Märchens [Simbolismo del cuento]. Berna.
  • Bettelheim, Bruno. Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica.
  • Eliade, Mircea. Mito y realidad.
  • Franz, Marie-Louise von. La interpretación de los cuentos de hadas.
  • Fromm, Erich. El lenguaje olvidado.
  • Guirand, Félix y Schmidt, Joël. Mitos y mitología.
  • Neumann, Erich. Amor y Psique.
  • Perrin, Michel. El camino de los indios muertos: mitos y símbolos guajiros.
  • Zipes, Jack. When Dreams Came True: Classical Fairy Tales and Their Tradition. 2.ª ed. Nueva York: Routledge, 2007.
  • Textos de origen: traducción de un ensayo balcánico sobre la historia de la interpretación de los cuentos y de una guía sobre cuentos terapéuticos, sin autoría consignada.

 




sábado, 31 de enero de 2026

Cuando se va la luz: cuentos que ayudan a los niños con sus miedos y sus rabias

 

Sobre esta entrada. Adapta un texto traducido de la escuela polaca de cuentos terapéuticos (bajkoterapia), sin autoría consignada, que explica cómo ayudan los cuentos con las emociones difíciles. El cuento del cangrejito, la sesión y las conexiones con Riohacha son propuesta de Cura-Kuens.

En Riohacha todos sabemos lo que pasa cuando se va la luz. El ventilador se detiene, el calor se queda quieto y la casa se pone oscura de golpe. Los grandes buscan la vela o la linterna del celular. Y algunos niños se quedan muy quietos, con el corazón acelerado, mirando las sombras que parecen moverse en la pared.

El miedo a la oscuridad es uno de los más comunes entre los cuatro y los seis años. No es una maña ni una exageración: es parte de crecer. Lo mismo pasa con otras emociones fuertes, como la rabia, los celos o la tristeza. Los cuentos terapéuticos son una forma de acompañar al niño en esos momentos sin señalarlo, sin regañarlo y sin hacerlo sentir culpable.

Tres tipos de cuentos que ayudan

La escuela polaca, con la psicóloga Maria Molicka, distingue tres clases de cuentos terapéuticos. Cada uno sirve para algo distinto:

Tipo

Para qué sirve

Cómo es

Un ejemplo en Riohacha

De relajación

Bajar la tensión, calmar, ayudar a descansar

Imágenes bellas de la naturaleza, un clima cálido, poca acción, muchos sentidos

Un niño que se acuesta en la arena tibia de la playa al atardecer y escucha cómo el mar respira despacio

Psicoeducativo

Mostrar que otros viven el mismo problema y enseñar formas de salir adelante

Un protagonista parecido al niño que busca soluciones paso a paso

Un alcatraz joven que no se atreve a lanzarse al agua y aprende mirando a los pescadores del muelle

Psicoterapéutico

Acompañar las emociones difíciles y devolver la sensación de seguridad

Una historia más larga que nombra los sentimientos y muestra que no quitan el cariño

Una iguana que se pone furiosa cuando llega un hermanito al nido y descubre que su mamá la sigue queriendo

El texto original recuerda algo importante: hasta los seis años, más o menos, el pensamiento mágico es natural en los niños. Por eso aceptan sin problema que un cangrejo hable o que una ceiba guarde secretos. En esa mezcla de realidad y fantasía se sienten en casa.

¿Por qué funcionan?

1. Porque miran el problema desde lejos

El cuento no habla del niño: habla de un cangrejo, de una iguana, de otra niña. Esa distancia es su fuerza. Como nadie le está preguntando directamente por lo que le pasa, el niño puede escuchar tranquilo, sin la vergüenza ni el miedo que siente cuando un adulto le pregunta «¿y tú por qué te pones así?». Los símbolos y las metáforas le permiten mirar lo difícil sin que se sienta como una amenaza.

2. Porque enseñan que no estamos solos

Al escuchar el cuento, el niño descubre que a otros también les pasa: que otros tienen miedo de quedarse en el jardín, que a otros los dejan por fuera del juego, que otros temen a la oscuridad. Saberlo alivia. El niño deja de esconderse en la vergüenza y empieza a recuperar la confianza en sí mismo.

3. Porque dicen que sentir no es malo

Este es quizá el punto más valioso del texto. Muchos niños creen que son «malos» porque sienten rabia o celos. Y esa culpa los deja atascados: si «yo no soy bueno», ¿cómo voy a cambiar?

El cuento puede mostrar que cada emoción tiene una función. La rabia, por ejemplo, que tantas veces se regaña, sirve para defenderse:

  • cuando un niño más grande le quita la cometa en la playa;
  • cuando se burlan de él en el recreo;
  • cuando alguien no respeta su turno o sus cosas.

Lo que se enseña no es a dejar de sentir, sino a separar la emoción de lo que hacemos con ella. Sentir rabia está bien; pegar no. Y el cuento le deja al niño un mensaje que necesita oír: sentir esto no te quita el cariño de mamá, de papá o de la abuela.

4. Porque el niño encuentra su propia salida

Los héroes de estos cuentos resuelven el problema por sí mismos. Pedir ayuda a un adulto también cuenta como resolverlo. El niño que escucha a veces toma la idea del cuento tal cual, pero casi siempre la transforma y la ajusta a lo que necesita. Así no siente que la solución le viene impuesta: la descubrió él.

Un cuento para la noche sin luz

Cuento psicoeducativo de Cura-Kuens para niños de 4 a 7 años. Tiempo de lectura: unos 6 minutos.

El cangrejito que le tenía miedo a la noche

En la playa de Riohacha, cerca del muelle, vivía un cangrejito de patas amarillas llamado Pinzote. De día era el más valiente de la arena: corría de lado más rápido que nadie, se escondía en su hueco cuando pasaban los perros y salía otra vez con las pinzas en alto, como diciendo «¡aquí estoy yo!».

Pero cuando se apagaban las luces del malecón, Pinzote se metía en su hueco y no quería salir. La oscuridad le parecía enorme. Las olas sonaban más fuerte. Y las sombras de las palmeras se movían como si tuvieran brazos.

—No es que yo tenga miedo —les decía a sus primos—. Es que… tengo sueño temprano.

Pero no era sueño. Era miedo. Y a Pinzote le daba vergüenza decirlo, porque pensaba que un cangrejo de pinzas tan grandes no debía asustarse.

Una noche, el viento sopló tan fuerte que todas las luces del malecón se apagaron de golpe. Pinzote se quedó temblando dentro de su hueco, con el corazón haciendo tuc-tuc-tuc.

Entonces oyó una voz lenta y tranquila:

—¿Quién está temblando tanto que hace temblar la arena?

Era la abuela Carey, una tortuga vieja que volvía cada año a esa playa.

—Soy yo —dijo Pinzote, bajito—. Es que… la oscuridad me da miedo. Pero no le digas a nadie.

La abuela Carey se acomodó en la arena, despacito, como hacen las tortugas.

—Yo también le tuve miedo a la noche cuando era pequeña —le dijo—. Y te voy a contar un secreto: el miedo no es malo. El miedo es como un guardián que te cuida. Solo que a veces se pone demasiado nervioso.

—¿Y cómo se calma un guardián nervioso? —preguntó Pinzote.

—Enseñándole lo que hay en la noche. Asoma solo los ojos. Mira hacia arriba.

Pinzote asomó los ojitos, que en los cangrejos son como dos palitos con bolitas. Y vio el cielo lleno de estrellas, muchísimas más de las que se veían cuando las luces del malecón estaban prendidas.

—Ahora escucha —dijo la abuela.

Pinzote escuchó. Las olas ya no sonaban como un monstruo, sino como alguien que respira despacio. Shhh… aaah… shhh… aaah.

—Y ahora siente.

Pinzote sintió la arena todavía tibia del sol de la tarde y la brisa que le acariciaba las pinzas.

—La noche no se lleva las cosas —dijo la abuela Carey—. Solo las tapa con una manta oscura. Las palmeras siguen ahí. El mar sigue ahí. Tus primos siguen ahí. Y tú también.

Pinzote respiró hondo, al ritmo de las olas. El tuc-tuc-tuc de su corazón se fue poniendo más lento.

—Abuela —dijo—, ¿y si mañana me vuelve a dar miedo?

—Entonces haces lo mismo: miras, escuchas, sientes. Y si el guardián sigue nervioso, me llamas. O llamas a tu mamá. Pedir compañía también es de valientes.

A la noche siguiente, cuando se apagaron las luces, Pinzote no se escondió. Bueno, se escondió un poquito, solo hasta la mitad. Asomó los ojos, miró las estrellas, escuchó el mar y sintió la arena tibia. Y luego llamó a sus primos:

—¡Vengan! ¡Les voy a enseñar un secreto de la noche!

Y desde entonces, en esa playa de Riohacha, los cangrejitos tienen una costumbre: cuando se va la luz, salen a contar estrellas.

Sesión en la Biblioteca Comuna 10: «Cuando se va la luz»

Para niños de 4 a 7 años · 1 hora · de 8 a 12 participantes, con sus familias si es posible

Materiales: la mochila de los talleres, el ovillo de Wale'kerü, una tela oscura grande, linternas pequeñas o velas LED, estrellas de papel, un caracol de mar, hojas negras y tiza o colores claros.

  1. Abrir la mochila (5 min). En círculo, cada niño dice su nombre y algo que se oye en su casa cuando se va la luz: el perro, la vecina, el mar, el silencio.
  2. Urdir (5 min). Conversamos sin presionar: «¿Qué hacemos en la casa cuando se va la luz?». Nadie tiene que decir si tiene miedo.
  3. El cuento (8 min). Se baja la luz del salón y se cuenta El cangrejito que le tenía miedo a la noche, con el caracol en la mano para que suene el mar.
  4. Pasar la trama (7 min). Pasando el ovillo, cada niño dice qué parte le gustó o qué sintió Pinzote. Hablamos del personaje, no del niño.
  5. Tejer: el juego de Pinzote (15 min). Con la tela oscura sobre las cabezas, como una noche, practicamos los tres secretos de la abuela Carey: mirar (las estrellas de papel iluminadas con linterna), escuchar (el caracol y la respiración de las olas: shhh… aaah…) y sentir (las manos sobre la barriga, respirando despacio).
  6. El cuento propio (15 min). En hojas negras, cada niño dibuja con tiza lo que hay en su noche: las estrellas, su casa, su familia, su guardián.
  7. Cerrar la mochila (5 min). Cada uno se lleva una estrella de papel para pegar cerca de su cama.

Cómo se ve la triada en esta sesión

Dimensión

Dónde aparece

Aprender escuchando (la urdimbre)

El cuento, la voz de la abuela Carey, el sonido del caracol, lo que se oye en casa cuando se va la luz

Aprender sintiendo (la trama)

Nombrar el miedo sin vergüenza, entender que el miedo es un guardián, la respiración tranquila

Aprender haciendo (la mochila)

El juego bajo la tela, las linternas, el dibujo en hoja negra, la estrella para la casa

Cinco consejos para las familias

  • Acerquémonos a su mundo. Miremos la situación con ojos de niño, sin explicaciones de adulto («eso no da miedo», «ya estás grande»).
  • Leamos juntos y dibujemos después. Muchas veces, mientras dibuja, el niño empieza a hablar solo de lo que le pasa.
  • Miremos su cara mientras escucha. Si está atento, si se ríe, si pide que repitamos, el cuento está llegando. Si se aburre o se aleja, quizá no es el cuento que necesita ahora.
  • Repitamos cuando lo pida. Los cuentos que el niño quiere oír una y otra vez son los que más le están sirviendo.
  • No reemplacemos la compañía. El cuento no sustituye el abrazo ni la conversación. Si el miedo no lo deja dormir durante semanas, consultemos con un profesional.

Para cerrar

Un cuento terapéutico es como un espejo amable: le muestra al niño sus propios sentimientos, pero desde lejos y con cariño. Le dice que no está solo, que sentir no es malo y que siempre hay una salida. Y cuando lo contamos en la hamaca, en la mecedora o a la luz de una vela en una noche sin luz, también le decimos algo más: aquí estoy contigo.

¿Qué hacen en tu casa cuando se va la luz? Cuéntamelo en los comentarios. Si quieres el cuento de Pinzote para leerlo con tus hijos o tus estudiantes, escríbeme.

Referencias

  • Molicka, Maria. Bajki terapeutyczne [Cuentos terapéuticos]. Poznań: Media Rodzina, 1999.
  • Molicka, Maria. Bajkoterapia: o lękach dzieci i nowej metodzie terapii [Bajkoterapia: sobre los miedos de los niños y un nuevo método de terapia]. Poznań: Media Rodzina, 2002.
  • Texto de origen: artículo polaco sobre cuentos terapéuticos, recibido en traducción, sin autoría consignada.
  • Celedón, Ella / Cura-Kuens. El cangrejito que le tenía miedo a la noche (cuento original).

 

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